Los símbolos que a todos nos representan

La polémica desatada por una actuación de Marta Sánchez en la que cantó una peculiar y personal versión del himno de España, un hecho completamente anecdótico, nos sirve, sin embargo, para reflexionar, una vez más, sobre la compleja y atormentada relación que tienen los españoles con sus símbolos nacionales, principalmente con la bandera y el himno. Este problema tiene dos raíces históricas. Por una parte está la oposición entre monarquismo y republicanismo que marcó gran parte de nuestros siglos XIX y XX, de manera que, de forma general, la derecha se identificó con las ideas y símbolos de la primera opción (bandera rojigualda y el himno surgido de una marcha de granaderos); mientras que la izquierda lo hizo con los de la segunda (tricolor e himno de Riego). Por la otra, el uso y el abuso que el franquismo hizo de unos símbolos que deberían ser de todos los españoles, independientemente de su orientación política, provocaron que aumentase el rechazo a estos por buena parte de los partidos de izquierda.

Sin embargo, dentro de ese pacto refundador de España que fue la Transición y la Constitución de 1978, se llegó a un acuerdo explícito en el que todos los partidos nacionales (incluidos el PCE y el PSOE) aceptaban la bandera rojigualda y el himno como los elementos simbólicos que representaban a la nación y a los ciudadanos. Sin embargo, en los últimos tiempos hemos visto cómo, con la radicalización del IU y los partidos nacionalistas, así como con la aparición de partidos de izquierda populista como Podemos, se vuelven a poner en cuestión estos símbolos, coincidiendo paradójicamente con un repunte del españolismo provocado por el procés catalán, como se ha visto con las banderas colgadas en miles de balcones de todo el país o las masivas manifestaciones en Barcelona.

Lo cierto es que, hoy en día, pese a las polémicas, la gran mayoría de los españoles se sienten identificados de una manera razonable con los símbolos constitucionales y cualquier intento de minusvalorarlos o, incluso, de sustituirlos, es inadmisible. Es hora de que se cierre ya este debate completamente estéril y normalicemos las relaciones con nuestros símbolos como hace mucho tiempo lo hicieron las grandes democracias del mundo (EEUU, Francia, Gran Bretaña, etcétera). Evidentemente, cada uno tiene el derecho a emocionarse con lo que crea oportuno, pero es exigible el respeto a unos símbolos que nos representan como sociedad y como democracia ante el resto del mundo.

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