La inutilidad del adelanto electoral

La encuesta poselectoral del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) demuestra lo que venimos defendiendo desde hace tiempo: que una repetición de las elecciones generales, además del coste económico que suponen y de las molestias al conjunto de los ciudadanos que conllevarían, no servirían de mucho para cambiar el actual panorama político. De hecho, según este barómetro, un 84% de los encuestados señalan que, aun si hubieran conocido de antemano el difícil panorama político que arrojaron las urnas el pasado 28 de abril, hubieran votado por el mismo partido. Por su parte, un 7,9% se habría abstenido y sólo un 2,3% admite que habría cambiado el sentido de su sufragio.

Cierto es que cuando se colocan las urnas no hay nada seguro y que las encuestas pueden convertirse en papel mojado en cuestión de minutos. Pero en la actualidad nada indica que se puedan generar cambios muy bruscos en la opinión pública. La economía marcha realmente bien, con España creciendo por encima de la media europea, y todo indica que seguirá así durante un tiempo. En general, la percepción social de la marcha del país en las cuestiones no políticas es razonablemente positiva. Sólo el problema catalán puede producir un cambio brusco del humor en la ciudadanía, algo que dependerá en gran parte de la sentencia del Supremo sobre el procés. Aun así, al respecto, la encuesta del CIS arroja un dato a tener en cuenta: el 75% de los españoles obviaron el proceso independentista catalán a la hora de decidir su voto. Sólo el 24% de los consultados admiten que "lo que está ocurriendo últimamente en Cataluña" influyó en su decisión.

Estamos sólo ante una encuesta, con todas las limitaciones que éstas tienen. Pero es evidente que ni los españoles quieren volver a votar, ni unos nuevos comicios servirían para despejar el panorama. Pero no se pueden exigir milagros. Si PSOE, Podemos y Ciudadanos no cambian de postura en los próximos tiempos no habrá más remedio que volver a iniciar un proceso electoral. Entonces, el enfado ciudadano estará justificado y, probablemente, aumentará la desafección. La clase política habrá demostrado que, cada vez más, es un problema para la sociedad y no una solución. Todas las energías que deberían estar volcadas en la construcción de un país mejor se volverán a usar en la batalla electoral, con la consiguiente pérdida de tiempo.

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