Las relaciones entre los partidos que forman un Gobierno de coalición son siempre complicadas, porque ambos tienen que escenificar la imagen de un Ejecutivo coherente sin perder las señas de identidad que les identifican ante su electorado. Estas tensiones, como es lógico, es normal que aparezcan, sobre todo, al final de la legislatura, cuando la cercanía de las elecciones obliga a cada partido a buscar su propio espacio y marca. También es normal que aparezcan muy al principio por la natural falta de rodaje y coordinación de dicho Gobierno. Quizás a esta última razón hay que achacar las tensiones que se han evidenciado durante esta semana entre los dos partidos que componen la llamada coalición de progreso, PSOE y Unidas Podemos. Sin embargo, la acritud de algunas de las declaraciones -sobre todo las provenientes del ámbito morado- hace pensar que estamos ante algo mucho más profundo y peligroso que unas meras desaplicaciones por falta de rodaje. Más bien da la sensación de que entre los dos miembros existe una profunda desconfianza, la misma que no le importaba confesar al presidente Sánchez antes de las elecciones, cuando el primer y frustrado intento de llegar a un acuerdo con Podemos. Hasta la fecha hemos visto roces sin excesiva importancia por el Sahara, Venezuela, la política migratoria o, ayer mismo, la gestión de la crisis del coronavirus. Sin embargo, sí podemos hablar de un encontronazo de primer nivel en el enfrentamiento provocado por la Ley de Libertad Sexual impulsada por la ministra de Igualdad, la morada Irene Montero, cuyo contenido ha sido duramente criticado por el Ministerio de Justicia, en manos del socialista Juan Carlos Campo. Aunque las razones han sido de tipo técnico -el documento adolece de no pocos fallos y errores-, Podemos ha querido tomárselo como un ataque y ha lanzado contra sus compañeros de Gobierno su artillería más potente. El propio Pablo Iglesias, viceministro tercero, ha hablado de unos misteriosos "machistas frustrados" entre sus compañeros de Ejecutivo. A nadie se le escapa que lo que intenta Podemos es levantar la bandera del feminismo más radical días antes de la celebración del 8-M. Podemos sabe el poder de convocatoria que, hoy por hoy, tiene el feminismo y quiere quedar ante el electorado como el principal guardián de sus esencias, aunque para eso haya tenido que tensar tanto la cuerda en el interior del Ejecutivo. No sabemos si ésta va a ser la tónica general de la Coalición de Progreso, pero si así fuese no sería muy aventurado hablar de una corta vida de la misma.

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