Un Parlamento fuerte y un Gobierno débil

El Congreso acoge hoy la solemne apertura de la XII Legislatura con la sesión conjunta de las Cortes Generales (diputados y senadores), la primera que presidirá el rey Felipe VI. Comenzará así oficialmente un periodo parlamentario que se presenta como uno de los más complicados de las últimas décadas debido a la extremada fragmentación política y la escasa mayoría del partido en el Gobierno, el PP.

Durante el tiempo que dure la legislatura que ahora comienza, el Gobierno tendrá que demostrar una alta capacidad para muñir pactos que permitan sacar adelante acuerdos tan importantes como los Presupuestos Generales del Estado o las diferentes reformas que ya son inaplazables (pensiones, educación, etcétera). Por su parte, la oposición deberá mostrar también responsabilidad y capacidad para pactar con el Ejecutivo sin perder su labor fiscalizadora. No será fácil. En los últimos días ya hemos visto cómo la oposición se ha unido para frenar la Lomce o para impedir que el ex ministro del Interior, Jorge Fernández, sea presidente de las comisiones de Exteriores y la del Tribunal de Cuentas.

Sin embargo, no hay que ser pesimistas con la situación. En un régimen democrático, el que el Parlamento tenga un peso importante en las decisiones del Gobierno debe verse como algo normal y deseable, no como un lastre. La experiencia histórica reciente de España demuestra cómo, muchas veces, los gobiernos que han tenido que buscar apoyos parlamentarios fuera de sus grupos han sido más provechosos y eficaces que otros a los que la mayoría absoluta les impidió comprender la pluralidad que siempre existe en cualquier sociedad democrática.

Las actuales Cortes, sin embargo, tienen un problema derivado de las últimas elecciones: la existencia de un grupo parlamentario antisistema que intentará poner todos los obstáculos posibles para que la legislatura sea un fracaso. Su estrategia será la de la crispación, como ya han demostrado al anunciar que no participarán hoy en el acto de bienvenida a los Reyes ni acudirán al desfile militar posterior. Gestos demagogos que rompen las normas más elementales de la cortesía institucional y que retratan una forma de hacer política basada en los gestos histriónicos más que en el diálogo y la reflexión. Tanto el PP como el PSOE deberán evitar que Podemos convierta el Parlamento en un lugar de agitación y propaganda, algo que sólo se conseguirá cultivando lo mejor que tiene la democracia: confrontación de ideas y acuerdos que busquen lo mejor para los ciudadanos.

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