Notre Dame y la solidaridad europea

En la Europa de la hiperregulación, en la que todo está medido y las normas de seguridad suelen ser minuciosas, no estamos acostumbrados a sucesos como el incendio de Notre Dame, uno de los símbolos más conocidos de la riqueza cultural y espiritual del Viejo Continente. Sin embargo, a lo largo de la historia muchos han sido los sucesos (guerras, revoluciones o simples accidentes) que han dañado gravemente el patrimonio histórico-artístico, desde el Partenón de Atenas hasta la catedral de León, pasando por el Liceu de Barcelona o los budas de Bamiyan. En ese sentido, lo ocurrido en París pertenece a una larga lista de desastres, lo cual no le resta ni un ápice de gravedad, pero sí lo hace más comprensible y digerible. Sin embargo, pocas veces un hecho de estas características había provocado una conmoción como la generada por el fuego de la catedral de París. Muchos son los motivos: el turismo masivo, que ha facilitado que millones de viajeros hayan visitado alguna vez este monumento; las nuevas tecnologías de la información, que permitieron que personas de todo el mundo viesen en directo cómo se derrumbaba la aguja central de Notre Dame (el momento más trágico del suceso); la presencia de este gran templo en el arte y la literatura; su importancia dentro del catolicismo francés (uno de los más influyentes del orbe, junto al español y el italiano), etcétera. Notre Dame pertenece ya a esa cultura global de la que todos nos sentimos propietarios y herederos.

Por todo lo dicho, no es de extrañar la enorme ola de solidaridad mundial con Francia suscitada tras el suceso del lunes. En especial, hay que destacar la de la familia de la Unión Europea. En unos momentos en los que la UE no vive sus mejores tiempos, con graves tensiones internas y con uno de sus socios principales consumando su retirada, resulta reconfortante, al menos, ver cómo todos los países que la integran han sentido como propia la tragedia cultural sufrida por el país galo. De alguna manera, hemos comprendido que Notre Dame, más allá de sus valores estéticos y espirituales universales, es un patrimonio netamente europeo y, por tanto, a todos nos pertenece. También hay que destacar la rápida reacción del Gobierno y la oposición española, poniendo a disposición de Francia toda nuestra amplia y sólida experiencia en restauración del patrimonio histórico-artístico. Dentro de la oscuridad que ha supuesto el incendio de Notre Dame, se ha visto al menos la luz de la solidaridad europea.

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