La historia de América Latina está especializada en despojos. Fueron sus habitantes desposeídos de riquezas con la llegada de los españoles, su tierra esquilmada cuando multinacionales y oligarcas la convirtieron en patio trasero de EEUU, su economía exprimida hasta la última gota por obra y gracia del Fondo Monetario y de la deuda externa. Es el continente de las venas abiertas, en célebre expresión aún vigente, por desgracia.

Pero el expolio no termina en las riquezas materiales. A partir de su independencia, en los países latinoamericanos se desbarataron sistemáticamente todos los ensayos políticos para que los empobrecidos tuvieran una vida digna. El rosario de ejemplos explora todas las fórmulas del imperialismo y la dominación: desde el derrocamiento de Arbenz en Guatemala al de Goulart en Brasil, desde el bloqueo de Cuba a la contra nicaragüense, desde los escuadrones de la muerte en El Salvador a los desaparecidos en Chile y Argentina, desde la invasión de Granada o Panamá al desabastecimiento de Venezuela, en una implacable sucesión de golpes de estado, matanzas o intervenciones militares.

El último de esos golpes de Estado se ha perpetrado hace pocos días. No ha sido aquí noticia de portada, ni ha suscitado el interés de los partidos políticos, porque las empresas españolas no tienen en Bolivia tantos intereses como en Venezuela, por ejemplo. Pero la forzada renuncia de Evo Morales obedece a una secuencia de hechos bien calculada. Los ataques a gobiernos y autoridades elegidos democráticamente en América Latina no requieren ya un desembarco de marines en Santo Domingo ni un asesinato en la Casa de la Moneda: ahora se orquestan a través de los medios de comunicación, se apoyan en las fuerzas policiales y cuentan con la complicidad del poderoso vecino del norte y organizaciones internacionales afines. Así se destituyó a Zelaya en Honduras o a Lugo en Paraguay, se encarceló a Lula o se liquidó en pocos meses la revolución ciudadana de Correa en Ecuador.

Ahora que se inicia en Huelva la semana grande del cine latinoamericano, bien nos vendría mirar con otros ojos ese continente inmenso, rico y empobrecido a la vez. Acercarnos a América a través de la palabra y la imagen, en la penumbra de una sala de cine; y poner en juego después nuestra conciencia crítica, más allá de las mentiras, para que sucesos como los de Bolivia no se apoyen más en la complicidad de nuestro silencio.

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