Con toda seguridad, Franco no será exhumado del Valle de los Caídos en esta legislatura. Es una lástima, porque no vamos a saber nunca si detrás del anuncio del Gobierno había un verdadero reconocimiento del derecho a la justicia y reparación de las víctimas, o únicamente fuegos artificiales. El déficit democrático en cuestiones de memoria ha formado callo por décadas entre las deudas pendientes de este país. Siempre ha habido cierto pudor o resistencia a avanzar en políticas reales, y si no fuera por los esfuerzos de familiares y grupos memorialistas, pocos pasos se habrían dado en el camino que una sociedad acostumbrada al miedo, la indiferencia o el olvido, debe recorrer para reconciliarse consigo misma.

Al presidente Moreno, y a todos los que hablan de concordia pero no de justicia, habría que recordarle que el "espíritu de la Transición" que él dice que quieren los españoles es justamente el origen del problema. En su libro Atado y mal atado, el historiador Sánchez Cuenca explica que el elogiado consenso tiene más de mito que de realidad y que las fuerzas del régimen accedieron al suicidio institucional para poder seguir manteniendo su capacidad de control sobre el proceso de cambio político. Ese talante -en absoluto magnánimo, sino de control y vigilancia- es el que heredaron los partidos de la derecha, que todavía hoy tienen la arrogancia de afirmarse como árbitros de la calidad democrática y de erigirse en sujetos naturales del poder político. La manifestación de la semana pasada es solo un pequeño ejemplo.

Durante cuarenta años hemos preferido dejar aparcada la memoria pensando quizás -así nos lo han repetido como un mantra- que no era el momento de abrir heridas. Ahora venimos a darnos de bruces con la verdad: que esas heridas nunca han tenido intención de cerrarse y que, cargadas de furia y resentimiento, se han subido al tren del pensamiento y las actitudes autoritarias en auge para atacar los cimientos mismos de la democracia. Hemos construido nuestra historia sobre el sufrimiento de las víctimas y todavía muchos siguen empeñados en ese proyecto de olvido. Una senadora del PP protestaba hace unos días por el dinero destinado a "desenterrar un puñado de huesos". Para eso sirve el sagrado deber de memoria: no para recordar, sino para traer al presente y reparar, hoy, ese pasado injusto. O lo que es lo mismo: para que no entierren para siempre un proyecto colectivo de futuro.

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