Las rotondas

Cada conductor quiere incorporarse el primero a la rotonda y salir por delante del resto

Hoy no tengo ganas de arruinarme la tarde. Así que evitaré las cuestiones políticas para abordar este artículo. Nada de Trump ni Vox ni Torra ni Brexit ni leches. Escribiré sobre las rotondas, un tema que tengo en la cabeza desde hace un tiempo. Y es creo que el comportamiento que tenemos en las rotondas cuando conducimos habla mucho y alto de lo que somos como sociedad. Voy a intentar explicarme (si es que a estas alturas a alguien le sigue interesando esta columna).

Se supone que las rotondas son para agilizar el tráfico, para ordenarlo en las intersecciones, para facilitar las entradas y salidas en los cambios de dirección. Se supone. En la práctica, la mayor parte de los conductores (o al menos los más ruidosos) se incorporan en las rotondas como si se tratase de una competición, acelerando para ocupar un carril y para que el otro no logre ocuparlo, impidiendo por todos los medios que el que quiere incorporarse lo consiga. Son frecuentes las pitadas, los acelerones, los coches que atraviesan carriles sin pudor…

En buena lógica deberían servir para engranar el tráfico, y si se circulase con esa intención sería fácil tanto incorporarse como abandonar una rotonda. El tráfico sería fluido y todos los vehículos saldrían beneficiados. En buena lógica. Pero no: cada conductor quiere incorporarse el primero a la rotonda y salir por delante del resto, aunque eso suponga inutilizar el lógico engranaje de las mismas. Y aunque eso suponga la ralentización del tráfico, en detrimento de todos y cada uno. Absurdo.

Y cuando veo ese comportamiento en las rotondas entiendo un poco mejor a esta sociedad. Porque, de alguna manera, también nos empeñamos en inutilizar los engranajes que nos hemos dado para la convivencia, y los oxidamos a base de competitividad, pitadas y acelerones estériles. Preferimos alimentar nuestro ego que apostar por la convivencia, imponer nuestro punto de vista que entender los del otro, dar un puñetazo en la mesa antes que tender la mano.

Y esta es la chorrada que quería compartir hoy. Termino con una reflexión optimista, y es que en la conducción también se observa un comportamiento curioso: las buenas formas se contagian, así que cuando un conductor se comporta amablemente, nos cede el paso, nos facilita una maniobra, parece como si nos sintiéramos obligados a imitar esa amabilidad. ¿Se imaginan?

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