Relatos de Verano

Carmen Camacho

La yegua

No sabemos si es un delirio o si es verdad lo que dice. El caso es que una mujer ha escrito a José, poeta argentino, para contarle que, a partir de la lectura de uno de sus libros, está teniendo una serie de regresiones que la están transportando a una vida anterior. Ella fue en otra vida -sostiene- una yegua. De lo que le pasó a aquel animal que ella fue da cuenta en su carta, que aquí publicamos. Sirva este relato de homenaje al gran poeta José Viñals (Corralito, Argentina, 1930-Málaga 2009). Recomendamos su poesía recogida en el libro 'Caballo en el umbral'.

La yegua La yegua

La yegua

Tuve, amor, otra vida antes que esta, otra sangre y otra piel, un jabardillo de avispas junto al oído, unas venas de soga, el galope por la loma. Te juro que fui consciente de mí nuestra última tarde, cuando al tumbarme bajo la sombra de la higuera me noté el resuello, las carnes prietas, el blanco tirando a azul. De esto es de lo único que me acuerdo: de mi crin, del relincho.

Te escribo, migrada el alma, después de tantos años, a la dirección de José, del que averigüé las señas gracias a un par de gestiones. A él y a la casualidad -bendito Benito que me insistió, "el libro te va a encantar, José es un escritor de los que no quedan"- debo el haber encontrado y reconocido, primero a ti, y tras de ti, a la que yo fui. Sé que puedo parecerle una loca a José, esto para mí también es raro, al principio yo también dudé. Ahora no. Ahora daría cualquier cosa por que me abandonara un rato la verdad y se me fueran estas ganas de oler jáquimas, por que se me pasara esta necesidad de volver a ser la que fui y dejar de ser lo que ahora soy, una mujer provista de gafas, escribiéndole una carta a un caballo y mandándola al correo electrónico de su viejo dueño.

No ha sido fácil decidirme, le he dado muchas vueltas a todo este asunto antes de escribir este correo. He acudido a varios terapeutas. Lo que me pasa, dicen, tiene nombre. Se llama "regresión sinestésica". Por lo que me han explicado, la cosa consiste en que de pronto recuerdas algo tan de abajo y tan de atrás que puede pertenecer a una vida anterior. Es algo así como un gran déjà vu. Por lo visto, en las hipnosis me pongo mala, como epiléptica, pero en cada regresión confirmo lo que aquella noche, leyendo el libro de José, reviví: amor, hace muchos años yo fui la yegua de la finca El Jacarandá, allá en la Argentina. Tú, ya entonces, eras el caballito de José. Leyendo su libro me acordé de todo: de ti, de mi crin, del relincho.Esto que te voy a contar te va a alegrar: la finca resiste, también el jacarandá con sus flores violeta; la casa sigue en pie. En mi vida actual aún no he estado allí, lo he sabido por internet. Ya no hacen allá las guitarras, hoy aquello es un hotel, "la exclusiva Hacienda del Jacarandá". Puedes reservar habitación y todo, on line.

Les escribí un primer mail, de tanteo. Al tercer correo el chico del servicio de reservas ya se me estaba sincerando sobre los nuevos dueños. Me contó que al caserío llegó la gestión y se acabó la jarana, que ahora huele a jabón perfumado y a languidez guiri. Quedan en la caballeriza, eso sí, algunos potrillos chicos. Lo pienso y lloro, me acuerdo del nuestro. Es como si lo oyera relinchar desde lejos. Por eso estoy triste, ¡yo!, que fui una jaca alegre y curiosa, una animala, y de eso todavía me quedan trazas de criolla, la mirada idéntica, andares de hembra removida, cierto gusto por los lirios. Querencia a tumbarme a la sombra de las higueras. A lo mejor por esto último, con suerte, José me recuerda y reconoce. Era bella mi pelambre de albina, los ojos como en jade, las patas comenzadas en azul. Por lo demás, mis hechuras eran más bien de jamelga. Yo tenía -se lo contó al de las reservas del hotel un yegüero retirado- trotes de flaca, manía a cualquier jaez; mataduras, peladuras, rodales a cuenta del serón. Todo me daba susto, odiaba el sabor de los herrajes. Una vez me indigesté de hinojos. Del resto, sobre mí, sólo recuerdo lo de mi crin, lo del relincho. Y el tiro.

En cambio, amor, de ti me acuerdo con una certeza íntima, absoluta. Alto, juncal, zaíno, brioso como un corcel, como si no fueras garabito. Leo el libro de José y es que, no sé, parece que te estoy viendo, conmigo en el juego, en la finca, en el río, por la jara, campo a través. Cerca de ti siempre había un niño pequeño. A lo que iba. A aquella tarde, a la sombra de la higuera. Ya de humana, alcanzo a entender que lo que pasó fue cosa de la naturaleza. Que tú a mí, en el fresco, con tu instinto de caballo, te me diste a entender. Comenzamos a retozar. Leyendo el libro, de pronto, reviví aquella tarde: mi crin, el relincho. El tiro que acabó con aquella vida mía. No sé cómo entender ni superar -va en contra de mí esto que me pasa- las ganas de ti, el dolor y mi sangre, lo mucho que te quise. Esta noche dormiría contigo otra vez en el establo, así en gafas como ahora soy.

De aquella vida no queda nada. Donde hoy hay zarcillos, zapatos de tacón, días de dieta, antes hubo espuelas, trotes, un potrillo hijo nuestro a la vera del camino. Me continúan, eso sí, mirando la dentadura, esta vez a causa de los dichosos brackets. En cambio, tú, en las páginas de aquel libro, y por siempre, serás una bestia mitológica, el centauro, mi Pegaso. El caballito del niño José. Dime que aquel niño no está muy viejo, dime que ese viejo aún sigue siendo un niño. Dile a José que no deje de escribir. Él es quien nos resucita. Cuéntale también, cuando por la noche le cabalgues en los sueños, que haría añicos a todos los gerifaltes de mármol que a caballo nos amenazan, espada en alto, desde sus glorietas. Por mí sólo habría en el mundo una estatua ecuestre: la de un chiquillo alegre y churretoso montado en su caballo.

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