Las redes sociales son un mundo aparte. Forman una especie de páramo inmenso donde la realidad lucha en desventaja por abrirse paso. Para los medios de comunicación es una plataforma útil para compartir contenido y mostrar sus publicaciones. Permite además una relación directa con el lector muy natural. Gracias a los mensajes que llegan a través del perfil de este diario surgen historias, reportajes y noticias destacadas. Esa relación directa entre lector y medio es sana y necesaria. Ahora bien, hay una cara B que a veces asusta, la que desde el anonimato saca lo peor de nosotros como individuos y como grupo.

Siempre habrá opiniones dispares, personas a las que no les gusta una noticia o que no comparten el enfoque de cualquier tema. Forma parte de nuestra sagrada libertad. Cualquiera que publica un contenido en una red social lo asume. No obstante, las noticias relacionadas con la Covid-19 muestran en ocasiones reacciones que asustan.

En las primeras semanas de la pandemia cada día había respuestas similares. A cada parte, numerosos mensajes en los perfiles cuestionaban la veracidad de la información por más que ésta ha estado, está y estará siempre basada en fuentes oficiales y debidamente contrastadas. Las respuestas en aquella primera etapa ante datos relativamente positivos en comparación con otras provincias era que o bien mentíamos porque ocultábamos la información o que no se hacían pruebas. En cualquier esos datos no podían ser reales. Iban contra la imagen autoconstruida. Por supuesto, en ambos casos era culpa nuestra. Seis meses después, en plena segunda ola, es el negacionismo o algo parecido quien copa los mensajes. Es todo lo contrario. Ya no se nos acusa de ocultar información sino de alarmismo. Si antes los datos eran bajos, la culpa era de la falta de tests o de opacos intereses para exponer a la población. Ahora es que los inflamos. Antes y ahora los datos diarios corresponden al parte oficial emitido por las autoridades sanitarios. Sin más. Información que por otro lado es de acceso público para cualquier ciudadano en webs oficiales de libre consulta.

Como prácticamente a todo lo que da forma a nuestra sociedad, la Covid-19 ha desvelado la perversidad del mundo de las redes sociales. Más allá de maniqueas interpretaciones sobre sus funciones u orígenes, es el uso que le damos los ciudadanos lo que realmente confiere ese valor. Con cientos de personas afectadas, miles de muertos en España, enfermos en los hospitales y la mayor crisis desde la primera mitad del siglo XX, quizá haríamos bien en reflexionar un poco antes de escribir.

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