El dicho popular asegura: "A perro flaco todo son pulgas". Llámenlo crisis, llámenlo como quieran, los sobresaltos, los trascendentales acontecimientos históricos y las más inesperadas conmociones políticas, suelen surgir en época de debilidad, de gobiernos inestables e inseguros. Los insólitos y abominables hechos ocurridos en Ceuta y Melilla, además de recordarnos -salvando las distancias- lamentables episodios de otros tiempos pasados en estos mismos territorios o sus aledaños, verifican que en una situación comprometida y arriesgada, eventualidades como las sucedidas no son descartables.

Estos desdichados sucesos no han hecho más que agravar las siempre tensas y complicadas relaciones con Marruecos, cuando el Gobierno español -en minoría y con exigua valoración diplomática internacional- no actúa con la misma habilidad y estrategia que el reino alauita, cuya máxima ambición y objetivo fundamental es la ocupación de Ceuta y Melilla, valiéndose de otras oportunas circunstancias para conseguir tan ansiado fin.

Cuentan para ello con chantajes tan vergonzosos y desconcertantes como la invasión de miles de jóvenes y adolescentes que perturban la convivencia en Ceuta y Melilla o favorecen la inmigración y el negocio de las mafias que se dedican a este tráfico ilegal al que se une el mercado de la droga y la latente amenaza del terrorismo. No faltan las connotaciones de índole sentimental y morbosa alentadas desde posiciones mediáticas o interesadas políticamente. Y para que no falte la guinda del pastel de desaciertos se incurre en una decisión tan descabellada como permitir que el líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, encausado en España y Marruecos, reciba asistencia hospitalaria, lo que ha encolerizado al ejecutivo marroquí agitando a sus huestes de pobres desgraciados para que asalten nuestras ciudades africanas.

Nadie duda de la vil acción del monarca marroquí, el Comendador de los Creyentes. Ha revelado una vez más su execrable perfil, pero ello no exime al Gobierno español de sus responsabilidades y de su torpeza en unas relaciones que requieren de una especial competencia. Pero el Gobierno español está en otras cosas: sus obsesivas paranoias ideológicas, sus mantras progres, el feminismo, la inclusividad, el cambio climático, la agenda 2030, los indultos a los golpistas catalanes, que por cierto juran y perjuran que volverán a repetir el mismo delito de sedición. ¿Qué confianza pueden tener Ceuta y Melilla y en general todos los españoles cuando tanto se insiste en la inviolabilidad del territorio español si el Ejecutivo se sostiene con el apoyo de quienes quieren desmembrar España? Lo último es la política-ficción, la Agenda 2050. Como mínimo suscribo lo que nuestro periódico apuntaba el domingo, 23: "Una parodia más propia de un mal cuarteto de carnaval que de un presidente de Gobierno". Una grotesca estrategia de propaganda y distracción en una época de flaquezas y debilidades.

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