El Zurriago

Todo lo que nos perdimos

Abrazos y besos, por supuesto, pero también perdimos conversaciones, risas, juegos, una visita a los abuelos...

Mi hija pequeña tiene siete años. Eso quiere decir, si no me fallan las cuentas, que su última cabalgata de Reyes la vio con cinco. Teniendo eso en cuenta no me extraña que cuando en casa le hemos dicho que este año vuelve se haya quedado con cara de palo, sin entender de qué demonios le estábamos hablando. Luego, menos mal, lo recordó: "Ah, sí, lo que es como una piñata", dijo, porque, claro, su recuerdo de aquello es el de un montón de gente, adultos en su mayoría, arrastrándose por el suelo como alimañas para coger un puñado de caramelos, la mayoría rotos, que luego no se comen. Pero ese es otro debate: la cosa es que con esto he caído en la cuenta de que a mi hija le han robado un poquito de su infancia. Un trozo pequeño, es verdad, pero era suyo y lo ha perdido. La semana pasada más de 10.000 mayores de Huelva pudieron volver al centro de Mora Claros (Moras Claro, aquí) a charlar, a aprender, a jugar. A disfrutar de la compañía de otros. Entraban con ilusión, con ganas, con largas sonrisas y ojos curiosos. Pasaban despacio, como disfrutando el momento. Manos nerviosas y arrugadas cargadas con bolsas de la compra, con el periódico o la cajita del dominó. Ese día se comían el mundo. Porque a ellos, también, les habían robado. A todos nos han quitado un año y medio largo. Todos hemos perdido alguna cosa. Abrazos y besos, por supuesto, pero también perdimos conversaciones, risas, juegos, excursiones, una visita a los abuelos, ratos con los amigos y la familia. Hasta la sonrisa hemos perdido, escondida tras los hilos filtrantes de una mascarilla que lo mismo filtra lo que entra que lo que sale. Perdimos el trabajo, el negocio, la devoción en la calle, la pasión en la grada, el subidón de un concierto, la ilusión del cine. Perdimos un tiempo precioso para acompañar y cuidar a un amigo, a una abuela, a un padre, a una madre, a un hermano que ya no está con nosotros. Que se fue casi sin poder decir adiós. Sin exprimir, nosotros, lo que nos quedaba de su tiempo y sin que pudieran, ellos, disfrutarlo. Sin despedirnos. Dejándolos solos. Nos perdimos la vida. Nos la amputaron de un hachazo, chas, como quien pierde un dedo que no crecerá nunca, igual que nunca volverá lo que perdimos. Y ahora que la hemos recuperado, que el Moras Claro se ha llenado otra vez de vida, que nuestros abuelos pueden salir sin miedo de la cárcel en la que se encerraron. Ahora que mi hija va a volver a ver a los Reyes lanzando confeti y caramelos y podrá lanzarse a recogerlos, como en una gigantesca piñata, no está mal que le metamos un chispazo a ese mecanismo mágico de nuestro cerebro que nos hace olvidar tan rápido todo lo malo y que recordemos más a menudo lo que perdimos para no perderlo otra vez. Para no cagarla.

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