Ansia viva

Óscar Lezameta

olezameta@huelvainformacion.es

Una parada en la España ¿real?

Lo que puede dar de sí una parada en el camino mueve a la hilaridad y al temor absoluto a partes iguales

Los viajes por carretera, en especial aquellos en los que las horas parecen no terminar, siguen teniendo ese romanticismo de antaño. Los coches son mejores, el aire acondicionado sustituye a las ventanillas abiertas, la música se escucha algo mejor que con el casete, las carreteras se parecen poco a las de hace unos años, pero cualquier parada se convierte en una aventura en busca de un buen menú con el que saciar el hambre o en un bar decente donde tomarse un café ídem. Nos pasó hace unas semanas. Volvíamos desde Bilbao, a donde no había vuelto desde septiembre y mi ama reclamaba una atención más que merecida. El calor y las más elemental necesidad fisiológica nos llevó a pararnos en esa Badajoz profunda y eterna. Llevaba puesta una camiseta del Athletic de hace unos años. El tiempo en el norte me hizo retrasar más de la cuenta el cambio de armario. Entramos en un bar y el camarero respondió a nuestro "buenas tardes" con una sorprendente pregunta: "¿Antimadridista?". Pensaba que estaba de broma, pero cuando regresé del servicio, los ojos de Eva me corrigieron. Ella tomó el relevo y me dio tiempo de contemplar la decoración del lugar, con descoloridos lemas legionarios (vencer o morir y similares) y banderas con simpáticasavecillas en medio.

Además de una lección de democracia, al paisano le hacía falta una revisión de la vista, porque confundió el escudo de mi equipo con el del Sevilla. No satisfecho, cuando le dije de dónde era quiso reafirmar mi patriotismo con un "de Bilbao pero español ¿no?" El hombre estaba bucle. Siguió. Eva terció con "bueno, yo soy de Cádiz". La respuesta, repetida después, parecía querer reafirmar su complejo testicular: "Con dos cojones". No se quedó ahí: "Yo estuve en Jerez cuando la marcha verde de esos moros hijos de puta". Iba a decirle que en Jerez la marcha verde se sentiría poco, pero para qué corregirle. Cuando le pedí una CocaCola y un Aquarius, se le volvieron los ojos del revés: "Mariconadas, te voy a invitar a un vino de los míos. Español, por supuesto". Y acabó tal y como esperábamos: "Con dos cojones". Cogimos las bebidas, salimos fuera y nos las bebimos tan rápido como pudimos. Un par de caladas al cigarrillo y vuelta a paso ligero al coche, temiendo una nueva embestida ideológica por parte de ínclito. Por supuesto que toda la conversación (sic) tuvo lugar sin mascarilla alguna, ya que un virus chino y comunista no iba a amedrentar a un español tan recio. Ahora lo recordamos con risas de por medio, pero asusta lo que hay por ahí. Y menos mal que no me dio por ponerme la camiseta con la ikurriña en la manga. Mis apéndices, de esos que presumía el paisano, estarían en serio peligro. Con un par, oiga.

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