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Pudiera parecer que vivimos tiempos originales, días en los que surgen ideas nuevas. Nada más lejos de la realidad. El auge cíclico del populismo es un fenómeno habitual, una cizaña que enraíza siempre que el malestar social se extiende y anhela explicaciones simples. En tales coyunturas históricas desafortunadas, no faltarán jamás jugadores de ventaja, demagogos que, con el exclusivo fin de conquistar el poder, promoverán el odio colectivo y querrán la sociedad dividida en grupos irreconciliables. El método es asombrosamente sencillo: si el pueblo sufre, bastará con encontrar una causa exterior culpable de sus penurias, un enemigo perverso y común. Identificado éste, resultará ya bastante más fácil ganar voluntades, multiplicar prosélitos, debilitar sistemas y asaltar gobiernos. El nombre de los infames ha ido cambiando a lo largo de los siglos: judíos, masones, herejes, jesuitas, naciones vecinas, socialistas, especuladores, capitalistas, inmigrantes… En verdad, poco importa. Todos, habilidosamente estigmatizados, son aptos como sujetos de odio, útiles para construir el discurso fullero de una amenaza externa, localizada y maligna que, extirpada, nos devolverá la paz y la felicidad perdidas.

Si acaso, lo que sí han mutado son los medios. En un mundo intercomunicado, la llama prende mucho más rápido, la difamación galopa a velocidades de vértigo y la capacidad de convertir algo o alguien en abominable es infinitamente mayor.

Frente a tanto pirómano tramposo, debemos comprometernos -lo decía Lüthy- a rechazar, primero, la llamada irracional del odio y a emprender, después, una constante lucha contra sus voceros. Tenemos, así, que interrogarles incansablemente no sobre el perfil de sus demonios (sobre esto les sobrará elocuencia), sino acerca de qué quieren concreta y positivamente para nosotros, esto es, no contra quién sino a favor de qué se apasionan. Nada acertarán a respondernos, porque nada acostumbra a haber más allá de su furia ambiciosa y destructiva.

Siendo el amor el antídoto natural del odio, no extraña que quien lo predica, como el cristianismo, sea un permanente adversario a destruir. De ahí la célebre frase de Marx: "La religión es el opio del pueblo". Herbert Lüthy la rebate con lucidez: "El odio es el opio del pueblo. No se puede luchar contra el opio, pero sí contra sus traficantes, contra el tráfico de opio". Es lo único, al cabo, que aún sigue estando en nuestras manos.

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