El Zurriago

La noche que escuché a los Reyes

"Acabábamos de ser padres hacía una semana. Dormíamos poco en casa, y esa noche, la Noche de Reyes, los escuché"

Os voy a contar un secreto. Pero, por favor, que nadie se entere. Veréis: hubo un tiempo en que dejé de creer en los Reyes Magos. Ya sabéis: uno se hace mayor, se dice a sí mismo que ya no es un niño y se pone en plan negacionista, como los de ahora del bicho, negando la mayor hasta que les ponen coto en los bares. Cuando llega el negacionismo, os decía, ya no hay ni Reyes, ni Ratón Pérez ni el Coco… Nada de nada. Chaf, se va la magia. Se acaba de golpe. No sé si es algo que nos pasa a todos cuando nos hacemos grandes, pero a mí, ya os digo, me pasó. La adolescencia es lo que tiene, que te crees muy listo, muy adulto y muy sabelotodo. Por aquellos años la única ilusión que tenía cuando me acostaba el día 5 era en qué me iba a gastar el dinero que iba a pillar al día siguiente. Abría los regalos como quien abre una lata de Coca-Cola, sabiendo de sobra lo que había dentro. Casi sin ganas. Y claro, cuando pasa un año, y luego otro, y otro, los Reyes se dan cuenta de que has dejado de creer en ellos y empiezan a olvidarse de ti. Se acabó. Fin. Y luego, os lo aseguro, cuesta Dios y ayuda que vuelvan, si es que vuelven, porque conozco casos muy graves, de gente a la que ya ni siquiera recuerdan. Ni miran para ver cómo se han portado. Por suerte a mí el negacionismo me duró poco y conseguí que me dejaran cosas de nuevo al cabo del tiempo. Sin embargo, es verdad que siempre se queda uno con la mosca detrás de la oreja, pensando que si los regalos los puede dejar alguien durante la noche, que si qué casualidad que dije en voz alta que quería esto o aquello a no sé quién, que si nosequién me preguntó precisamente por eso otro… esas cosas que hacemos de mayores tratando de buscar respuestas lógicas a todo. Negando toda posibilidad a la magia. Incluso después de volver a creer en ellos, de recuperar la ilusión por los Reyes, tenía mis dudas sobre si de verdad era posible que existieran tres tipos que se pasan una noche entera repartiendo regalos por la cara a todo el mundo, y que además les dé tiempo a hacerlo. Dudé de ellos hasta que un día los oí.

Me había estrenado como padre hacía una semana, así que dormíamos poco en casa. Esa noche, la Noche de Reyes, escuché algunos ruidos en el salón. Trasiego de zapatos y cajas, de papel de regalo y papel de caramelos y papel confeti. Susurros, un globo que se infla a pulmón, un globo que explota y otro que sale disparado, un vasito de licor chocando con otro, algunas risas y más susurros, alguien que manda callar a alguien: "shhhh", más zapateo, una puerta que se cierra... Desde entonces los oigo cada año. Cierro los ojos fuerte, pero levanto la oreja, como un sabueso, y los imagino haciendo sus cosas. Estoy casi seguro de que cuando te conviertes en padre adquieres el superpoder de escuchar a los Reyes Magos. Seguramente incluso de verlos. Nunca lo he intentado, por supuesto. Demasiado riesgo. Tampoco lo hagáis vosotros, ¿eh? Recordad que si os ven ya no vendrán nunca más.

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