En este enojoso conflicto catalán por parte del Gobierno especialmente y de las más altas instancias, más o menos dependientes, siempre hubo un firme propósito de no molestar a Cataluña. Quiero decir a la Cataluña independentista. No hay nada más que ver los telediarios de TVE, donde los tratamientos han sido muy peculiares y complacientes hasta en lo deportivo, donde en su imprescindible espacio futbolístico, siempre aparece el Barcelona incluido Messi, con ecos triunfales, aunque el líder sea el Real Madrid, al que inevitablemente se le menciona por sus tropiezos o sus numerosas lesiones. Otros aspectos de este vidrioso escenario ofrecen esa misma perspectiva de evitar molestias al catalanismo sedicioso. Parece que también la Justicia en su más elevada representación.

El resultado es una sentencia, que todo el mundo considera histórica, pero que también se ha estimado polémica y decepcionante para muchos, incluidos ciertos sectores de la Judicatura. Se invoca de nuevo la separación de poderes. Es una sentencia que como poco resulta política, indulgente, benévola, magnánima. Buscando la unanimidad ha eliminado disensos, tan respetables como cualquier otro, o votos particulares, cediendo por tanto a la imposición de la minoría. No se trata de analizar tan detallado y escrupuloso texto pero hay apreciaciones que llaman la atención. En su minuciosa y prolija retórica la sentencia habla de un intento de "engaño" como una especie de señuelo para movilizar a los ciudadanos. La verdad es que fueron muchos los engañados y por supuesto los ofendidos. Otra de las manifestaciones que nos sorprenden sobremanera es la que habla de "ensoñación". Mueve a la estupefacción y, como mínimo, a la hilaridad compulsiva.

Se apreció ese empeño de no molestar en el distinto tratamiento informativo que se dio a la jornada de protesta del pasado lunes en Cataluña, donde tanto desafuero fue intolerable. Nada puede justificar lo que a todas luces fue un asalto al Estado de Derecho que causó una fractura social ilegal e inicua. La proclamación de independencia fue el deliberado refrendo del resultado de un referéndum que fue una pamema, una farsa, una payasada inconcebible. ¿O fue otro engaño, otra ensoñación? Un policía al que interrogaban en la televisión la noche del lunes, reclamaba "la presencia del Estado en Cataluña". ¡Ahí nos duele! El gran cúmulo de concesiones y dejaciones al catalanismo independentista nos ha llevado a esto. Y a darles las llaves de las cárceles para que, quienes delinquieron gravemente contra la unidad indisoluble de España, puedan estar pronto en la calle. Resulta indignante que los periodistas callen en un coloquio ante las descaradas manipulaciones de un mandatario de la Generalidad. Lo dicho: No molestar. Pero nada puede obviar la gravedad de los acontecimientos vividos hace dos años. A mi modesto entender, merecían un diagnóstico más riguroso.

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