Estamos asistiendo a la suma de problemas de trascendencia importante para nuestro país. Desde la aprobación de los Presupuestos hasta la más que posible soledad ante el Brexit con respecto a la cuestión gibraltareña. En esta cuestión, cuando lean estas líneas estaremos a punto de conocer si nuestro Gobierno mantiene la firmeza en su posición de, dignos, capacidad de veto frente a la posición de indolencia y negación de los negociadores de la citada cuestión. Pues bien, aunque dudo de la fortaleza de la posición gubernamental, ya me gustaría que la misma se aproximara al empecinamiento presupuestario con tal de no tener que convocar elecciones y tragar con una prórroga de cuentas que siempre tachó como antisociales.

Visto esto y la necesidad del apoyo nacionalista para superar el embrollo, parece que la consigna es, sencillamente, no molestar a los previsibles socios. Digo esto porque a la vista de lo últimamente acontecido en el Congreso, está claro que vamos por mal camino y lo peor, ausencia de autocrítica. Resulta molesto ver cómo tras el incidente entre miembros de ERC y PSOE, la actitud del presidente resulte equidistante y ante una supuesta ofensa despreciativa, globalice el ambiente de tensión aludiendo a los opositores y no especifique, ni señale a quienes originaron la vergonzante situación mientras que cuando él fue dialécticamente, que no personalmente, menospreciado, anuncie ruptura de relaciones y desampare, junto con parte de su grupo, al ministro ofendido, quizás porque el ministro lo es -como el presidente- gracias a los votos de quienes el otro día ejercieron una especie de matonismo parlamentario.

Es difícil apreciar la realidad del hecho pero en las imágenes se comprueba cómo el presunto autor de la ofensa acelera el paso y deja en posición de señalado a otro compañero. Lamentable, pues, absolutamente todo, se confirme o no el caso, el desprestigio, la pérdida de crédito, la búsqueda de la impostura para tener un minuto de gloria, el latiguillo dialéctico -facha es el prototipo- ante la orfandad argumental, las estrategias particulares frente al interés general, el sectarismo o la radicalización ideológica… se han ido instalando en los escaños con todo el desprestigio institucional que ellos supone.

Lo acontecido no tiene fundamento ideológico. No se trata de derechas o izquierdas sino de demócratas y ante eso, no hay equidistancia que valga ni consignas de no molestar porque entonces, señor presidente, caerá usted en aquello de lo que, vilmente, acusó a su adversario electoral: la indecencia.

Como no lo quiero ni lo deseo, actúe, sea firme, no ceda, y molesten cuando sea necesario; no hacerlo tampoco le servirá.

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