Ansia viva

Óscar Lezameta

olezameta@huelvainformacion.es

"Desde marzo hasta ahora, no entendí nada"

La pérdida de Quino nos hará añorar a un personaje como Mafalda que nos enseñó a ver el mundo a unos cuantos

Como si este año no hubiera sido suficientemente malo, esta semana nos dejó Quino. Mafalda no lo hará jamás y buena prueba de ello es que las nuevas generaciones que la conocen, la admiran lo mismo que tantas a las que marcó su infancia, adolescencia y buena parte de su vida adulta e incluso esa tercera edad hoy especialmente golpeada. Si en Estados Unidos, cada capítulo de Los Simpsons es escudriñado como una inquietante predicción de lo que sucederá años después -"Homer ya lo dijo"-. Mafalda es más cercana, más de los nuestros, más hispana, más humana que ninguno de ellos. En una de las viñetas, la maestra preguntaba a la clase si habían entendido algo. Manolito, aprendiz de comerciante, levantó la mano, lengua al lado y respondió que "desde marzo hasta ahora, no entendí nada". Lo mismo que nos pasa a todos.

Lo peor de todo es que nos quedan meses instalados en esa pertinaz y asombrosa falta de entendimiento sobre todo lo que nos rodea. Dejando a un lado el homenaje que el consejero de Salud de la Junta de Andalucía realizó esta semana al Mariano Rajoy más genuino, aquel que ahogó sus penas en un bar cercano al Congreso la tarde que estuvimos gobernados por un bolso mientras se debatía su moción de censura, con una pizca de humor negro más castizo y el surrealismo ahogado por el miedo congénito a un micrófono, la exhibición de falta de competencia de quienes deben cuidarnos a todos, hace que la incredulidad generalizada hace tiempo que dejara de ser noticia.

Sólo a mediocres muy poco serios se les ocurre lanzarse dardos políticos en medio de una pandemia. Allá donde uno mire, le sale esa Mafalda mirando al mundo y preguntándose "¿En qué andarás vos?" o riéndose a carcajadas cuando lee lo de que la soberanía reside en el pueblo, o con pocas ganas de poner un pie en el suelo apenas levantada de la cama, único refugio en el que parece sentirse a salvo de lo que la rodea. Se quedó corto el maestro Quino, aquel que consiguiera poner de acuerdo hasta las dos Argentinas, igual de cainitas que las dos Españas.

A nadie parece importarle un número de contagios que todavía no ha alcanzado su límite, ni las personas que luchan en los hospitales, ni los muertos que continúan su dramático conteo diario. Todo sea por ganar posición en su partido y lanzar puyas al de enfrente y los ciudadanos, pues ya si eso. No hay que irse hasta la capital, a esa que los medios nos presentan como si todo el país fuera de Fuencarral. En Andalucía seguimos sin saber -me niego a pensar que sin querer- poner freno a una situación que debimos atajar cuanto antes y que corre el peligro de terminar mucho peor de lo que empezó.

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