Silla de palco

La magia de Juan José

En la mirada de este octogenario hay algo que conmueve: sustenta el don de la inocencia niña

Este que veis aquí un tanto atrabiliario, humilde, sabio e instruido, justiciero-humanista, de apariencia abstraída y soñador, no es otro que ese Decano en togas y que al pasar del tiempo, es el mismo abogado que conocí en el despacho de Méndez Núñez y me enseñó a enfrentarme con la propia verdad: me aburrían los legajos.

Ahora, le publican dos páginas (debieran ser dos tomos) y dada su natural franqueza contesta a las preguntas sin dudar, sin divagar, sin atenerse a lo políticamente correcto. Como la flecha a la diana.

El maestro no cuenta que su auténtica vocación es su tierra y todo cuanto pueda enaltecerla, para que consigamos transmitir sus raíces a las generaciones venideras.

Nunca se ha conformado con la docilidad de su entorno y herido en lo mas hondo, ha militado en cuantas causas son dogmas onubenses, llámense Recreativo en épocas agónicas, llámense políticas, al frente de la Democracia Cristiana y el CDS ( presidente) llámense cofrades, fundador y hermano mayor de los Estudiantes, llámense pregoneros, de la Semana Santa y de San Sebastián, o llámense academicistas, enseñando a descifrar los farragosos códigos a tantos letrados novatos sin otro interés que estimularlos y formarlos en esta dura profesión.

Su excepcional personalidad debiera constar en esos anaqueles de los hombres ilustres, intelectuales, dialogantes y personalmente, irreductible a la lisonja y el aplauso. Su cercana presencia proyecta una imagen distante del letrado encumbrado, farragoso, diletante. Su sonrisa es el signo del reino donde conquista a mustios y engolados.

Lo verdaderamente interesante en Juan José no puede describirse más que desde el intimismo, desde la inabordable condición que emana de su naturaleza proverbial. Cabe en su mente todo el Derecho, todo el anecdotario onubensista desde hace cien años, el solidario amparo del compañerismo, la incansable defensa de las libertades y de la inmediatez e igualdad de la justicia, todo, aderezado con una dosis de sano humor que interpreta su manera de ir tejiendo la vida paso a paso, como un soplo ligero.

En la mirada de este octogenario hay algo que conmueve: sustenta el don de la inocencia niña. Es fiel a sus ideas y creencias, y confiesa que reza a María para que le permita llegar al ocaso, con su eterno cigarro y el capirote estudiantil. Otro sí digo, la verdad de su sangre es albiazul.

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