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Hoy se resuelve la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas y, como empieza a ser costumbre, tampoco allí las cosas están nada claras. Según los sondeos, hay cuatro candidatos con fundadas posibilidades de pasar a la segunda vuelta: la nacionalpopulista Le Pen, el centrista Macron, el conservador Fillon y el izquierdista Mélenchon.

Le Pen ha hecho una campaña de más a menos. Parecía la favorita para este primer asalto y esa impresión no ha jugado a su favor. Tampoco, por supuesto, sus escándalos judiciales de última hora, tan oportunos y casuales como los de Fillon o Macron.

Fillon, el único candidato que pertenece a una formación política clásica (los Republicanos) llega malherido a la cita: las imputaciones que pesan sobre él han dañado seriamente su credibilidad. Aun así, sería un error darlo por muerto. La fortaleza de su marca le permite aguardar un tirón postrero que lo coloque en la final. Es, al cabo, el más previsible de los competidores, un mal menor que acaso disipe otros males mayores.

Macron, que cuenta con el apoyo de personalidades como Valls, Bayrou y quizás Hollande, tiene el problema de su propia indefinición. No es de izquierdas ni de derechas; su nuevo partido (¡En Marcha!) intenta una especie de cuadratura del círculo que consiste en aparecer como paladín de la ruptura, aunque apoyándose, al tiempo, en viejos santones del sistema. Mal asunto en coyuntura de iras y de tripas.

Mélenchon, que encabeza la izquierda tradicional francesa, es quien más avanza en el tramo decisivo de la campaña. Su propuesta se acerca a la de partidos como Podemos en España, aunque con tintes patrióticos que aquí serían impensables. Así, su Francia Insumisa anhela una sexta república que imponga el reparto de la riqueza y logre un nuevo orden ecológico.

Otros candidatos, como el socialista Hamon, carecen, en principio, de relevancia.

Tales brumas, en un país nuclear de la UE, introducen un factor de altísimo riesgo para la maltratada Europa, que encara este domingo con la respiración contenida. Parejas de baile como la compuesta por Le Pen y Mélenchon, tan probable como cualquier otra, pondría a la sociedad francesa en el compromiso de elegir entre la extrema derecha y la extrema izquierda, un escenario diabólico para nuestros vecinos y, por contagio, para todos nosotros.

En todo caso, la moneda está en el aire y sólo cabe esperar que, en su caída, no acabe por descalabrarnos.

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