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La izquierda lesiona mi autoestima

Esta izquierda, desde que tuve mi primer contacto con ella, nunca ha dejado de sorprenderme

Andaba un servidor tan justamente orgulloso de sus dotes de análisis en las últimas columnas que incluso me atreví a solicitar un moderado aumento de sueldo, movimiento cortado en seco por la autoridad en la primera línea de contención. Pero es que me sentía respaldado por mis éxitos: hace dos semanas di con la clave de los que parecían monjiles remilgos democráticos de Ciudadanos al pacto con Vox, cuando -como sólo una semana más tarde confirmó El Mundo con datos irrefutables- lo que había eran instrucciones parisinas de obligado cumplimiento. Y la semana pasada, después del documento de las 19 propuestas de Vox, mientras toda Andalucía estaba de los nervios, media anhelando el acuerdo, la otra media temiéndolo, y el éxito de las negociaciones parecía en el alero, me permití afirmar con rotundidad que habría Gobierno de la Junta en torno a Moreno Bonilla. Me veía yo, pues, como auténtico gurú de los tiempos "voxonaros" que ya están aquí, disputado por medios y tertulias como mi buen amigo el catedrático Francisco José Contreras, verdadero ideólogo y profeta de la derecha emergente.

En esas felices imaginaciones estaba, mas de repente he visto mi crédito arruinado por no ser capaz, en mi irremediable candidez, de calibrar suficientemente la catadura del socialismo andaluz y de la izquierda cerrilona que arracima en torno a él como la clueca a los polluelos. Había yo previsto también, ya lanzado, una gran reacción de los huérfanos del régimen para el 28-F, y de sus viudas para el 8-M, pero viudas, huérfanos y demás parentela no han podido esperar tanto y ya han dado su primer berrido plañidero a las puertas del Parlamento en pleno entierro y cuando ni siquiera había sido investido el nuevo Presidente. ¿Respeto a la decisión de las urnas? Cuando nos favorece. ¿Cien días de gracia? Ni un minuto. ¿Temor a la opinión? Ni mijita, que para eso somos la izquierda y confiamos en el doble rasero. ¿Miedo al menos al ridículo? Eso nunca, y menos cuando el perol peligra.

Dicen que la capacidad de sorprenderse es garantía contra el envejecimiento. El que tienen en la foto de arriba no debe haber cumplido los quince años de edad. Esta izquierda, desde mi primer contacto con ella en las aulas de la hispalense Facultad de Geografía e Historia, allá por los setenta, nunca ha dejado de sorprenderme. Ni de avergonzarme.

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