Ante una situación de fragilidad los seres humanos necesitamos sentirnos a salvo. Protegerse ha sido una de las necesidades cardinales de nuestra historia. En la época del Paleolítico vivíamos rodeados de escenarios acechantes. Otras especies o las grandes heladas eran algunas de las responsables que nos hacían buscar un lugar donde resguardarnos. En las pieles de los mamuts y en las perforaciones de las montañas descubrimos una brizna de sosiego y amparo. Poco después comenzamos a jugar con fuego y vimos en esa combustión danzante y carmesí una gran cómplice para templarnos o cocinar las carnes de otros cuerpos. La palabra hogar proviene del latín focus. Para nuestros antepasados griegos y latinos, el culto al fuego era uno de los más vitales. En cada casa había siempre un brasero, una hoguera viva que era presencia sacra y que calentaba y reunía a toda la familia alrededor de su llama.

En 1890 el artista inglés Thomas Jennington retrató en su obra Homeless como una madre y su hijo yacen, desfallecidos, en medio de la calle. El ambiente es mísero y se intuye que sus únicas propiedades se encuentran en el hatillo que está en el suelo. Actualmente en nuestro país hay más de 33.000 personas que, como ellos, viven sin esa lumbre que les proteja, llevando una vida en la maleta y viviendo 30 años menos que la media. A veces no sabemos cómo nominar a esta realidad y acabamos verbalizando vocablos que estereotipan y deshumanizan. Porque aunque usemos con delicadeza el problema de las personas sin hogar, estamos empleando un término que culpabiliza a las personas que sufren esta vejación acuciante. La fundación Hogar Sí considera que una forma de cambiar nuestra realidad es modificar nuestro lenguaje. Por eso, ha iniciado una campaña para solicitar que la palabra sinhogarismo se incluya en la RAE, ya que estas doce letras aportan el tinte estructural que la situación necesita. Porque vivir el sinhogarismo no solo significa no tener vivienda, también condena a no acceder a la salud, la participación, la protección social, la seguridad, el empleo, la intimidad y la dignidad.

Es momento de dejar atrás nuestra opinión particular y culposa. Es hora de contar con políticas públicas que apuesten por garantizar el acceso a los derechos humanos. Apremia disponer de unos servicios públicos que no dejen a miles de rostros vagando como Sísifo y que por el contrario, den una respuesta rápida y justa a las necesidades que aumentan. Aún hay personas que rechazan los dos días que le ofrece el albergue -y que le solucionan poco-, porque temen que le quiten su su rincón en la plaza. Tener una vivienda apropiada es la primera bocanada para sentirnos incólumes y tiene una función vital para nuestro desarrollo: es allí donde nos cuidamos, relacionamos y realizamos. Años más tarde, como aquella comunidad prehistórica, seguimos necesitando un hogar al que llegar, quitarnos los zapatos, ponernos cómodos y sentir que estamos a salvo.

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