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El gran debate

La ambición del presidente Macron puede transformar Francia en un laboratorio

El hundimiento parecía seguro. Tras tantos meses de prepotencia, el Macron visionario y audaz, se mostraba sin recursos ante lo inesperado. Aquel instinto político que, contra todo pronóstico, le había aupado a la presidencia de Francia, de poco le había valido ante unas masas a las que solo identificaba un color (el amarillo) y un gran descontento. El golpe para su ego debió afectarle tanto que es fácil imaginarlo como un sonámbulo, incrédulo, recorriendo los pasillos del Elíseo, incapaz de aceptar la evidencia del odio que despertaban sus palabras, sus propuestas y su persona. Era difícil recordar otro presidente francés en tal situación de acorralamiento e inacción. Había que mirar muy hacia atrás para encontrar un aviso político de esta envergadura. Conseguir tanto descrédito, despertar tanta indignación en tan pocos días no parecía posible. Pero las calles y las plazas lo atestiguaban cada sábado de manera imparable. Sin embargo, este Macron perdido y noqueado intenta resucitar de nuevo con un recurso tan inaudito y sorprendente como su propia caída. Pretende reconvertir este fracaso en una ambiciosa oportunidad: dice haber entendido a la gente y quiere plantear el Gran Debate político, social y económico que Francia necesita.

En principio pudo interpretarse esta reacción como una maniobra intrépida de huida hacia delante para evitar asumir el desastre. Porque ni el presidente ni nadie de su entorno sabían explicar cómo una llamada a toda la nación tan complicada podría llevarse a efecto. Quedaría reducida, pasados unos días, a mera retórica de fuegos de artificio. Pero lo sorprendente ha sido que esta magna convocatoria nacional, vista por muchos solo como un señuelo oportunista, sin embargo, gran parte de país la ha acogido como si se tratara de una renovación, nada menos, que de los Estados Generales revolucionarios de 1789. Todos podrán exponer sus condolencias y ser escuchados. No se conocen qué medios se movilizarán para llevar a efecto estas discusiones y controversias formales sin precedentes en una democracia parlamentaria. ¿Quiénes van a ser los intermediarios, cómo va fluir la información, en la calle, para que no sea instrumentalizada? ¿Cómo se pasará a los hechos? Todo está en fase de estudio y reflexión, pero no por ello la ciudadanía ha dejado de ilusionarse y pasar de la desconfianza y el escepticismo a crearse otras expectativas. La ambición de Macron puede transformar Francia en un laboratorio. Quizás estos debates generales (que llaman participativos), a pesar de sus titubeos, proporcionen ánimos en una Europa tan necesitada de ilusiones y propuestas.

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