La otra orilla

Javier Rodríguez

Una fe sin exageración

Somos tan exagerados con las palabras que cuando llega el momento de nombrar algo nos hemos quedado sin epítetos. Nos pasa tanto para lo bueno como para lo malo, apelamos continuamente a la grandilocuencia: "esto es un desastre, eres un fascista, y tú un terrorista, esto es una dictadura (añadase aquí una etiqueta al gusto: bolivariana, nazi, socialcomunista...), este país se está rompiendo, nos hemos cargado el planeta… Es un genio, como aquí en ningún sitio, este paisaje es impresionante, el mayor espectáculo del siglo, no existe mejor persona en el mundo…". A veces parece que hemos trasladado la forma de hablar de los periodistas deportivos a la vida cotidiana. El problema es que con tanta exageración nos perdemos muchos matices y, sobre todo, oportunidades para el diálogo: llamar nazi o filoetarra al rival político puede tener buenos resultados de cara al marketing electoral pero muy malos resultados de cara a construir una sociedad en la que quepamos toda la gente, pensemos como pensemos. Decir que vivimos en la mejor tierra del mundo, despreciando todo lo que está fuera de nuestras fronteras, nos granjeará muchas aplausos y palmaditas en la espalda de nuestros paisanos, pero no deja de ser una falta de respeto a las demás sociedades y sus gentes y supone perder la oportunidad de conocer las maravillas de esas otras partes del mundo.

Nos hemos convertido en esclavos de esa exageración y todo tiene que ser siempre lo más: el vídeo más visto en internet, la ciudad con más luces navideñas… tanto que hemos olvidado que el mensaje de fondo de la Navidad es que en una sociedad azotada por la miseria y la desgracia la esperanza llega a través de una criatura, hijo de inmigrantes, que nace en una choza maloliente.

Como ya hemos gastado todos los epítetos no somos capaces de reconocer y ponerle nombre a ese milagro. Como ya hemos roto todos los puentes que nos podían conducir al corazón de nuestro "rival", no seremos capaces de ver cómo nace algo bueno en él que nos pueda animar a la esperanza. Como la exageración nos ha conducido a la incapacidad para creer, porque fueron tantas las veces en que vimos defraudadas nuestras ilusiones esperando "el mayor espectáculo del mundo", no somos capaces de creernos ni el deseo bienintencionado de nuestro vecino ni el resultado de la tenaz investigación de cientos de científicos. Y, sin embargo, necesitamos esa fe más que nunca.

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