E N aquellos días se montaba el árbol de Navidad. En mi casa se copiaba siempre a los vecinos gibraltareños: tomábamos té a todas horas, decíamos focona en lugar de four corners y poníamos el árbol, a ser posible con el espumillón, las bolas y las luces que mis padres habían comprado en Gibraltar y que nunca he vuelto a ver tan bonitas. Lógicamente, se celebraba el día de Navidad y no la Nochebuena (Her Majesty dixit). Tardamos muchos años en empezar a poner el nacimiento, porque en esto de la cultura y las tradiciones, digan lo que digan, todo es muy fluido y porque, a fin de cuentas, cada quien se apunta a la tradición que más le gusta. Por eso mismo los españoles les copiaron el belén a los italianos.

En aquellos días -solo en aquellos días- se sacaba una olla enorme de porcelana roja y se rellenaba un pavo y con él se hacía un caldo que luego duraba una semana. Como si un sacrosanto protocolo obligase anualmente a la familia, se guisaba un redondo de ternera y rollitos de carne rellenos de queso, jamón y huevo duro. También se horneaba un pudding y se compraban aceitunas negras, alcachofas en conserva y melocotón en almíbar. En una bandeja que iba y venía del comedor a la cocina se ponían polvorones, peladillas, mazapanes y turrones (naturalmente, solo de dos tipos: blando y duro), y esas ricas almendras de oblea que crujen y también están rellenas de turrón.

Filtrados por el tiempo, los recuerdos navideños de mi infancia se cuentan con los dedos de una mano: el árbol, la comida y el catálogo de juguetes que nos daban en un bazar de la Calle Real y que mis hermanas y yo recortábamos para preparar la carta de los Reyes Magos. Todo está envuelto en una especie de neblina densa, pero se despeja en mi corazón cada vez que en las calles se cuelga la primera bombilla. Y, de todo, lo que más me convoca a la emoción es el recuerdo de mi abuela haciendo roscos: alegre y arremangada delante de un lebrillo, amasando, formando los redondeles pegajosos entre sus dedos, para después freírlos y endulzarlos. Lo describo como si lo viera y, sin embargo, todavía, con más nitidez que la imagen, me llega el olor de la miel, el aceite y la matalahúva, ese incienso gastronómico que invadía la casa entera e, incluso, colonizaba el patio y la calle a media tarde.

No sobraba el dinero, pero la Navidad se celebraba como un rito ancestral e inmarcesible. Más allá del aliento religioso que la impregnaba, sobrevivía en ella algo profundamente enraizado en la conciencia humana y ese espíritu antiguo de la Saturnalia que orbita sobre la necesidad del descanso, el festejo y el regalo, y que invita, en fin, a pasar la página de todo lo malo y a esperar lo bueno. No en vano, el solsticio de invierno, cada año, nos envía su rotundo mensaje: después de la noche más larga, solo cabe que empiece a aumentar la luz.

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