Se ha hablado mucho estos días del voto emocional. Ese voto que brota, casi siempre compulsivo y apremiante, del sentimiento o los impulsos circunstanciales, más que de la razón, la reflexión o la ponderación. Más del corazón que de la cabeza -"gentes del corazón en la cabeza", como en los versos de García Lorca-, más de la entraña que del raciocinio. En ello hemos coincidido muchos de los que opinamos en materia política. Ese afán irrefrenable de imponerse al contrario político por encima de los intereses del país. En esa intransigencia en ese sectarismo, que tantas veces criticamos a los políticos, caemos los ciudadanos. Y en algunos aspectos, como sosteníamos, hace una semana, recaemos en el rencor, en el resentimiento, en la animosidad, en ese brote maniqueo que da lugar a inconcebibles contradicciones. Se vota a partidos que pasan por constitucionales y después pactan con quienes están dispuestos a destruir la Constitución y las instituciones y principios generados por ella.

En este excesivo conglomerado de partidos -la sopa de letras, se decía-, que constituyen nuestros parlamentos -ya no digamos consistorios y diputaciones-, (14 en el Congreso, si no he contado mal), la fragmentación y la división en una democracia madura -que dicen es la nuestra-, tanta diversidad alarma. Y así nos van las cosas y así se hacen, como decía, Churchill, no "extraños compañeros de cama" sino grotescas coaliciones y asombrosos pactos. En ese empeño de superar al contrario, esa obsesión por el sorpasso, alentada por ciertos medios informativos, -divide y vencerás-, contemplamos con estupor y confusión ese enfrentamiento infantil y absurdo entre Casado y Rivera, lanzándose improperios e insultos inoportunos, cuando, sin perturbar el destino de sus propios partidos, pueden entenderse y coaligarse, como han hecho en Andalucía o en Navarra, donde unidos han ganado y pueden seguir haciéndolo.

Es el más elocuente ejemplo de esa rivalidad prescindible, de una estrategia errónea, que ha dado lugar a dos equivocaciones garrafales e imperdonables. Una, confundir el verdadero rival de ambos: el Partido Socialista, y otra, diseminar los votos y confundir y desconcertar a sus votantes. No han escarmentado. Viendo el resultado de las elecciones del día 28, insisten en sus diatribas en esta campaña de Europeas, Autonómicas y Municipales. Uno con su fogosidad y verborrea excesivas, el otro ambiguo e imprevisible. Y es lamentable que dos notables líderes puedan quemarse en esta imparable y ensordecedora refriega electoral. La prudencia, la coherencia y el sentido de Estado, superar las pretensiones inanes a corto plazo, evitar las reacciones compulsivas ante las críticas y el denuesto contrario, serenar el discurso cuyo arrebato confunde a la audiencia, son argumentos que pueden frenar a aquellos que siempre quieren llevar la razón y siempre acaban fallándole al país.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios