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Si he de ser coherente con mi manera de entender los acontecimientos del día a día en el terreno político-social, debo reconocer que, de un escepticismo racional -si es que esto es posible-, he pasado a un pesimismo consciente. Ello es así porque este país, que aunque a algunos no les guste citarlo se llama España y que venía siendo un paciente pluripatológico crónico, ha ido abandonando la aplicación y la adherencia a los tratamientos necesarios e indicados para estabilizar su situación y comienza a presentar síntomas de empeoramiento por agudización de sus problemas: tasas de paro, enfriamiento de la economía (frase propia del presidente), descenso de la seguridad, asimetría territorial, presión tributaria, deterioro institucional… y que a pesar de ese "cierre del círculo democrático" o las impostadas ¿metáforas? de la portavoz socialista, no dejan de situarnos en el umbral del "fallo multiorgánico" fatal, si del próximo evento electoral no sale una solución clarividente, seria y abnegada que reoriente la nefasta deriva político-social que llevamos hacia la búsqueda del bien general, antes que seguir en la senda exclusiva de los asesores demoscópicos.

Decía don Antonio Maura en su reaparición y vuelta a la política -un liberal-conservador, autor del criterio aceptado de "gobernar con luz y taquígrafos"- "queremos tanto a la política que volvemos para moralizarla". Pues bien, de estos preceptos resulta difícil aceptar que se afirme la no similitud entre los liberales y conservadores españoles con los europeos, por alguien que ¿podría acaso explicar en qué se parece el sanchismo a un socialdemócrata de Europa?

Puedo entender su incoherente riesgo de insomnio respecto al mes de julio y a pesar del cambio de colchón, pero no que acuse solapadamente a la torpeza de los electores su imposibilidad para formar un Gobierno monocolor y, mientras tanto, nos plantea lo insólito, tal cual es, llevar a Franco a la Asamblea General de la ONU o premiarle cumpliendo su última voluntad de enterrarle en el Pardo.

Pero dejando lo anecdótico, vemos casi con naturalidad a un mosso retirarse de un podio deportivo al oír el himno nacional, la nueva traca independentista en defensa de los que pretendían "formar ruido", ¿con goma 2? Y no con azufre, clorato o una piedra como hacíamos de niños.

Por fin, el inefable Xavi, dando lecciones de gestión estatal desde la atalaya del privilegio que, en toda dictadura, tienen los amigos del dictador de turno. Tan irracional como el césped que crecía en el descanso del partido para perjudicarle.

"La orina de este enfermo no me gusta".

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