España es un gran país, un país del que sentirse orgulloso, pero hay ocasiones en las que se echa de menos que la clase política dé el do de pecho como se da en otras latitudes. Pecamos de déficit en una palabra completamente devaluada en ciertos sectores políticos y culturales: patriotismo. Explican los supuestos expertos que se debe a los cuarenta años de dictadura, pero habría que decir a esos expertos que llevamos ya cuarenta años de democracia, y se podría haber hecho el esfuerzo de despertar en los españoles el sentimiento de afecto y respeto a lo nuestro que es habitual en otros países… y que falta en gran parte de la sociedad española. Por otras latitudes, de cualquier continente, se considera habitual que las familias exhiban la bandera y conmemoren a lo grande la fiesta nacional, se les tiene por personas con principios, educados en el respeto y el amor a su país. En España, la palabra facha se esgrime equiparada al peor insulto.

Lo que sorprende en las gentes que llegan de fuera y duele a los que, desde dentro, es el desprecio -sí, desprecio- a la bandera, al himno y a cualquier signo o institución inequívocamente españolas. Sin embargo, es paradójico, sí se siente cercanía y respeto a los símbolos autonómicos, algunos de ellos con años de historia detrás pero otros surgidos de concursos convocados cuando la Constitución diseñó el Estado de las autonomías.

La noche del lunes, mientras ardía Notre Dame, mientras los franceses seguían conmocionados el avance de las llamas y la caída de la aguja que recordaba la imagen del 11-S con el derrumbe de las torres de Nueva York, esa misma noche, la mayoría de las redes sociales recogían con dolor el alcance de la tragedia, pero en esas mismas redes empezaba a aparecer la peor cara de los peores españoles: que no se montó tanta alharaca cuando desaparecieron otros monumentos cargados de historia en otros países, que los católicos defienden su patrimonio eclesiástico con más interés que cualquier otro tipo de manifestación artística, que por qué no se inicia una recaudación urgente para destinos sociales con la misma prontitud con que se inició para la reconstrucción de Notre Dame… En fin.

Se acusa a los franceses de exceso de grandeur. Bienvenida sea cuando esa grandeur aparece en momentos en que la pérdida de los símbolos, de lo mejor del patrimonio, llena de dolor.

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