El Zurriago

El dulce sabor de la derrota

Me gustaría invitarles a ver las imágenes de los ucranianos dando saltos de alegría, olvidando la pesadilla que viven a diario

Antes jugaba a la Play. Ya saben: sofá, mando, palomitas y a echar un buen rato viciao, como dicen los niños de ahora. Me gustaba el Fifa. Conseguí, incluso, meter al Recre a la final de la Champions. No me preguntéis si la ganó o no, porque en esas ya nació el primero y se acabaron los videojuegos. Los ratos en el sofá solo sirvieron desde entonces para dar más cabezadas que un Koala en un spa, y el único mando que tocaba era el de la tele para volver a darle al play si se acababa Miliki, que en casa estuvo un año entero cantando en un bucle infinito. Sólo alguna vez que otra pude hincarle el diente a la consola, pero ya por entonces, supongo que por la falta de entrenamiento, había perdido algunas habilidades. Luego nació la segunda y entonces sí que se acabó todo definitivamente. Lo de que dos no es el doble de uno cuando de niños se trata lo hablaremos otro día. Lo cierto es que ya solo los miro, con cierta envidia, y acepto, con cara de no haber estado deseándolo, de no importarme demasiado, jugar con ellos alguna vez a pesar de las humillaciones a las que me someten, sobre todo el mayor, que no tiene absolutamente ninguna piedad. Es más: juraría que hasta disfruta cuando machaca el amor propio de su pobre padre marcándole goles hasta con el portero. Con todo, me gusta jugar con él, aunque antes era mucho mejor, y no porque por entonces no pudiera conmigo, sino todo lo contrario: porque me permitía, como sigo haciendo de vez en cuando con la pequeña, la satisfacción de dejarme ganar. De hacerle sentir fuerte y orgulloso con un gesto tan sencillo como cederle el honor de ser el mejor.

Dejar que te ganen para que el otro sea más feliz es un acto de generosidad al que estamos poco acostumbrados fuera de las cuatro paredes de la propia casa, pero en estos días en los que algunos han puesto el grito en el cielo por el resultado de la votación popular en el Festival de Eurovision me gustaría invitarles a ver las imágenes de las casas, los búnkeres, las estaciones de metro, los cuarteles o las calles de cualquier ciudad de Ucrania. A verles a ellos, los ucranianos, dando saltos de alegría, olvidando por unos minutos la pesadilla que viven a diario, recordando lo que podían sentir cuando su vida era normal, hace tan poquito tiempo. Cuando no había guerra. Véanlas y luego díganme si no ha merecido la pena que, por una vez, por un rato, hayamos dejado de mirar a nuestro precioso ombligo.

Déjense ganar alguna vez, que sienta muy bien. Pero no se confundan, como diría Chanel, que el sabor de la victoria también es agradable y en algún que otro partidito les he dado lo suyo. Vamos, que si les apetece jugar al Fifa y tienen un nivelito medio-bajo (más bajo que medio) no duden en llamarme, que yo siempre estoy ready.

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