Alguna vez me habrán leído referir cómo de mis tiempos de ejercicio político una de esas cosas más importantes que me dejaron huella fue el sentido institucional. El hecho de discrepar en ningún caso debe suponer una ruptura del respeto citado, aunque el cargo lo ostente un adversario.

Sin embargo, cuesta mucho mantenerse firme en esa actitud cuando se percibe que el primero en ser infiel a la institución es el propio responsable de representarla u ostenta cargos de alto rango y en lugar de servir utiliza las corporaciones para servirse. Pues bien, aun así, ello no obvia mostrar la disconformidad con los desleales y más si muestran autoritarismo, elemento clave de la existencia de una clara escasez de criterios democráticos.

Pues bien, esa sensación la he tenido al enterarme de la negativa del presidente del Gobierno para asistir al Senado en una comparecencia monográfica sobre su tan traída y llevada tesis doctoral. Por más que pretenda buscar justificaciones en aspectos reglamentarios hay una evidencia rotunda que le obliga a comparecer: artículo 110.1 de la Constitución; todo lo demás es cuestionable y obedece a esa especie de huida hacia adelante en la que se ha estancado la cuestión y que comienza a tener un claro tinte de pretensión deslegitimadora de la Cámara Alta, dado que no posee mayoría propia.

Cuando se va por la vida de regenerador, transparente, coherente, propietario de excelsos principios y poseedor de la superioridad moral, no es de recibo esa actitud más propia de otros tipos de sistemas que no de un modelo parlamentario. No vale ir dando lecciones de virtudes democráticas y cuando le llega a él la hora nos aparece con el consabido "donde dije digo, digo Diego…", pasando por alto sus recordatorios de dimisión del ministro de Defensa alemán, su declaración de comparecencia el 20 de septiembre -ahora rechazada- apelando a la condición ¿privada? del asunto, a pretender convertirlo todo en un lodazal… Y en un ejercicio extraordinario de amnesia política, pasa por alto las críticas a su antecesor por la escasez de comparecencias, el uso del plasma… o la presencia en el Senado para dar respuestas al tema Bárcenas. Por lo que entre ¿olvidos?, medias verdades y declaraciones de sus portavoces pretorianos, faltan al respeto institucional antes citado y la inteligencia de los ciudadanos. Pero no importa, a pesar de las dimisiones ministeriales, la ralentización económica, la hipoteca nacionalista… el pretendido blindaje de Susana Díaz con su convocatoria electoral, entre otras cosas para evitar coincidencias… aún tiene algún rédito.

El tacticismo se impone y pensará que tiene más desgaste declarar que no comparecer. Ésta, creo, es la realidad.

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