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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Una deuda con Mario

La sombra de un Vargas Llosa irreconocible para sus lectores transita hoy arrastrada por el barro de la basura televisiva

Pertenezco a una generación de lectores que tiene una deuda con Mario Vargas Llosa. Somos los que descubrimos en la adolescencia obras como La ciudad y los perros o Conversación en la Catedral que nos abrirían nuevos caminos para valorar y entender la literatura y, de paso, la vida en unos años en los que todo era nuevo. Mario era, junto con Cortázar y García Márquez -sería difícil poner a unos por encima de otros-, el símbolo de lo que por aquellos años se dio en llamar el boom de la novela latinoamericana, un terremoto que sacudió la narrativa en español y que tuvo una réplica andaluza, con nombres tan destacados como Caballero Bonald, Manuel Grosso, Antonio Burgos o Manuel Ferrand. De los narraluces, el curioso nombre con el que se denominó aquel grupo apenas queda recuerdo. Y del fenómeno del otro lado del Atlántico ha permanecido un Vargas Llosa al que el paso de las décadas y su evolución política y literaria han ido desdibujando hasta dejarlo casi irreconocible. De todas formas, ha habido pocos premios Nobel de literatura más merecidos que el que se le dio en 2010 al peruano y que ponía en valor una forma que en su día fue revolucionaria de enfrentarse a la novela y de usar el español.

La sombra de ese Vargas Llosa, el Varguitas de los años sesenta y setenta del siglo pasado, es la que hoy transita, para desgracia suya y de sus lectores, arrastrada por el barro de los programas de basura televisiva. Hay pocas cosas tan difíciles de encajar y que produzcan tanta tristeza como ver al que un día escribió algo de la grandeza de Conversación en la Catedral huyendo, anciano y cansado, de cámaras y focos para evitar que lo acosen con preguntas estúpidas sobre su ruptura sentimental con la reina de corazones. Como se pudo meter en ese lío -cosas de la pichulao vaya usted a saber- es asunto que sólo él conoce y que mejor es que permanezca para siempre donde él lo quiera dejar.

Sus lectores nos quedaremos con el deslumbramiento que nos produjo descubrir que la literatura podía ser tan desgarrada como bella y que el idioma podía ser moldeado para construir un universo fascinante y nuevo. Esa es la deuda que tenemos con Vargas Llosa y que seguirá viva mientras tengamos memoria para preguntarnos con Zabalita cuándo se jodió el Perú.

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