Su propio afán

Los desheredados

Nuestra cuenta corriente espiritual padece un quebranto cada vez que dejamos que se olvide a un escritor bueno y hondo

Además del honor de ingresar esta tarde en la Real Academia Hispano Americana, me hace una gran ilusión el tema de mi discurso. Consistirá en la defensa de una lectura fragmentaria de José María Pemán, que descubra sus dotes innatas de aforista fino, y rescate algunas de las muchas frases fulgurantes que andan dispersas en sus obras completas.

Acabar aforizado, explicaré, es un destino irremediable (paradójicamente afortunado) de los grandes escritores, como ha sucedido a lo largo de la historia. Lo explicó Valéry mejor que yo: "El sucederse de los tiempos transforma toda obra y, por tanto, a todo hombre, en fragmentos". La aforismización se convierte en un recurso in extremis para transfigurar en iluminaciones esos añicos.

Interesa vivamente porque, a menudo, es el modo más rápido y rentable de recibir la herencia de los autores del pasado. El joven ensayista francés François-Xavier Bellamy ha escrito un angustiado ensayo titulado Los desheredados en el que lamenta la suerte de las nuevas generaciones, a las que se está vedando el acceso a los grandes tesoros de la cultura occidental a base de una educación devaluada y desparramada.

Que la cultura es una fortuna se ha sabido siempre y lo dijo don Quijote sin ambages: "El ignorante vulgo [es] incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo".

La desheredación es todavía más empobrecedora cuanto más legítimo es el derecho que se tiene a un legado. En el caso de Pemán, tan enturbiado por resentimientos y rencores políticos y, por tanto, extraliterarios, renunciar a su herencia nos depaupera. ¿Por qué? Porque era un autor específicamente andaluz, orgulloso y consciente de nuestra tradición, pero que no la malbarató con tópicos ni histrionismos. Lo señaló él mismo: «Yo me ufano, como de pocas aventuras literarias, de ésta de haber intentado, en la mayor parte de mi obra, reconciliar la ironía con la verdad, y sustituir el humor nihilista por un modo de humor constructivo». En estos tiempos cínicos de humor disolvente, cuánta falta nos hacen al menos unas monedas de buena ley del caudal pemaniano. Las herencias se pueden aceptar o renunciar, por supuesto. La de José María Pemán nos conviene mucho recogerla y agradecerla.

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