El Zurriago

La culpa no es del calamar

"Es la serie de moda. Los niños, por lo visto, ven ahora 'El juego del calamar' como quien ve 'Doraemon"

Parece que lo estoy viendo. En menos de un mes llega Halloween y después del bombardeo generalizado de monstruitos, caramelos con forma de fantasma o calabaza (a cuál más malo), las máscaras, el maquillaje y la decoración cutre del chino o el enésimo regreso de Michael Myers de entre los muertos (y de Jamie Lee, que a este paso hará de abuela de sí misma). Después de todo eso, decía, llegará la gran noche de juegos y griterío de niños en la plazoleta, disfrazados de brujitas, vampiros y zombies, aunque eso lo harán los más tradicionales. Otros, intuyo, aparecerán ataviados con su mono rojo, su ametralladora colgada del hombro y su máscara negra con un triángulo, un circulito o un cuadrado blancos dibujados en el centro. Es la serie de moda. Los niños, por lo visto, ven ahora El juego del calamar como quien ve Doraemon y ya andan haciendo de las suyas en el patio del cole, pegando tiros con pistolas de aire comprimido o, los más clásicos, dando cates (ahora se llaman luckies) a los que se mueven en el pollito inglés, que como somos todos muy coreanos le hemos cambiado el nombre por luz verde, luz roja.

Total, que a los niños se les va la pinza y ya hay papis indignados pidiendo la cabeza de Netflix (bueno, de como se llame el tipo o tipa que maneja allí el cotarro) porque hay que ver cómo es posible que pongan una serie de esas que a los niños les hace tanto daño en el cerebro. La gracia es que el cabreo paternal coincide con otro parecido contra Facebook, esta vez por permitir que sus vastaguitos y vastaguitas usen tanto Instagram que se queden, por lo visto, medio tontos. Es "tóxico", aseguran, y les machaca la autoestima. Es en serio: la plataforma puede dañar la salud mental y la imagen corporal, según un estudio realizado por la propia empresa. De modo que tenemos a un montón de padres cabreados, firmando peticiones online (un día hablaremos de eso tranquilamente) y poniendo el grito en el cielo. Porque, claro, pobrecitos, las restricciones de edad y todas esas cosas que salen antes de darle a Aceptar como posesos no son cosas que convenga leer, ni mucho menos tenerlas en cuenta. La culpa, dicen, es de Facebook, Instagram, Netflix, El juego del calamar, Corea y de cualquiera que se ponga a tiro. De todo el mundo menos de sus niños. Ni de ellos, por supuesto, que bastante tienen con pagarles los datos.

Hace un tiempo me encontré por la calle con un antiguo profesor de matemáticas del instituto. Me reconoció, el pobre hombre, me paró, me saludó y después me pidió perdón. "¿Perdón, por qué?", le pregunté, con sorpresa. "Por todo lo que os reñía entonces. Ahora seríais un ejemplo para mis alumnos". Y se fue con las mismas. Pensé que exageraba. Pero luego he tratado con otros profesores, y no solo de instituto, y todos coinciden en lo mismo: tenemos un problema con los niños. Y no se crean que los culpan a ellos. Ni por supuesto al calamar ni tampoco a Facebook. No es culpa del sistema ni de los maestros. Ni siquiera de los políticos, que ya es raro que no sean culpables de algo. La culpa, reconocen con tristeza e impotencia, la tienen (la tenemos) sus padres.

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