La primera sonrisa del día, sin que falte -a veces- un rictus agridulce, nos la proporciona, leyendo nuestro periódico, el chiste de Esteban. Un cuadrilátero genial, ocurrente, agudo, ingenioso, inteligente y perspicaz. Uno de los últimos daba en la diana de esta actualidad desconcertante en España. Decía: "Los políticos tenemos la noble misión de arreglar el desaguisado provocado por los votantes". Trascendental es el dicho -"vox populi"- "el pueblo siempre tiene razón". Sin embargo otros sostienen, con igual convicción, que eso de que el pueblo nunca se equivoca es pura demagogia. Las encuestas destacan que los españoles están preocupados por los políticos. El segundo problema de España según el CIS. Pero ¿quién ha elegido a los políticos o es que nos han tocado en una tómbola? Las consecuencias ahí las estamos viendo en una doble perspectiva nacional y autonómica. Y de la excesiva pluralidad política se derivan estos devaneos interminables en los posibles pactos y la chapuza política que estamos lamentando. Además de la incapacidad de los partidos políticos y sus dirigentes para encontrar soluciones de gobierno. Siempre entendimos que elegimos a nuestros representantes en las cámaras y al gobierno resultante para solucionar problemas, no para plantearlos y suscitar incertidumbres y abusos de poder.

En todo este embrollo se acumulan los espectros familiares que no acabamos de superar: la retórica del guerracivilismo, los odios ancestrales, la pretendida y pretenciosa superioridad moral de la izquierda -una forma de totalitarismo- tratando de rentabilizar siempre el voto de izquierdas. Una izquierda que se jacta de lo suyo e insulta ofensivamente a su contrario. Arrogancia en muchas ocasiones que se advierte en un gobierno en funciones sin las ideas claras, que juega con ventaja, que no puede presumir de recursos y que ha llegado a hablar de "pactos de geografía variable", algo tan confuso como ese pacto de cooperación entre Sánchez e Iglesias, que no ha sido posible. Es difícil llegar a un acuerdo cuando quienes negocian son dos redomados ególatras: la mascarada.

Y en los pactos nada tan grotesco e inconcebible como los del centro derecha. La actuación de Ciudadanos, en el ámbito de su inveterada ambigüedad, siempre desconcertante, ha alcanzado extremos realmente kafkianos y esotéricos en sus contradictorias negociaciones. Rivera, presuntamente liberal, ha hablado de teatro refiriéndose a sus adversarios, cuando tanto teatro hemos visto en las comunidades de Madrid y Murcia. ¿Otra mascarada? Y entre tanta confusión hemos llegado a una inflación contestataria. El excesivo inconformismo nos ha llevado a cuestionar la Justicia. Y aunque no tenemos una total separación de poderes, un respeto general a la Justicia nos vendría muy bien. Entre tanto abundan la desconfianza y el desconcierto. Y España, como dijo aquel, es como un viejo reloj al que da cuerda un recluta.

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