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El centrifugado

Debemos reconocer que Europa, acuciada por numerosas fuerzas, se halla en una fase de disgregación

Decía Chaves Nogales, en La agonía de Francia, que el pueblo francés no había estado a la altura de sus políticos, de ahí la facilidad con que la Wehrmacht se había plantado en París, sin apenas resistencia. Sea o no cierta esta apreciación, el fenómeno que hoy nos aqueja es de naturaleza contraria. Actualmente, en Europa, hay una parte sustancial de la población que sí está a la altura de sus políticos. Y ello en su peor vertiente. No basta con aducir que la gente honesta y engañada votó a Farage por error (será el partido más votado en las próximas elecciones europeas). No basta con señalar que millares de catalanes de buen corazón votan, sin embargo, partidos racistas, supremacistas y xenófobos, hasta el punto de que los preside un deplorable racista panfletario. Debemos reconocer que Europa, acuciada por numerosas fuerzas, se halla en una fase de disgregación, en un proceso de centrifugado, del que quizá salgamos todos maltrechos.

Por supuesto, todo esto pasará, y entonces nadie querrá hacerse cargo de los gastos. Nadie reconocerá, como Torra, que habló de "bestias con forma humana"; ni tampoco el señor Graupera, una excelente prueba de que estudiar, a veces, no sirve de nada, querrá mantener sus inequívocas declaraciones sobre la "basura blanca" andaluza. Entonces seremos todos demócratas, y progresistas, y hablaremos de la concordia entre los hombres, etcétera. Pero, mientras tanto (mientras llega y no la hora de las Luces), un abultado ejército de catalanes se dedica a la minuciosa destrucción de su comunidad (acaudillados por un buen número de sus políticos). Una destrucción que comporta, no sólo la destrucción del tejido industrial, la paralización de la actividad política y el secuestro -o la dormición, dado el aspecto somnoliento del señor Torrent- de la actividad parlamentaria. Dicha destrucción implica, también, y de manera principal, la violenta fractura de la sociedad por parte del brazo secular y eclesiástico del nacionalismo.

No deja de ser fascinante -al margen del escalofrío cerval-, asistir a la pulverización de cuanto se ama en nombre de ese amor, devenido enfermizo y totalitario. La "Europa de los pueblos", tan ponderada por el PNV, es el nombre aseado de esta lenta demolición de hoy, que nos empuja dulcemente al precipicio. Una demolición, insisto, hija del odio y la mala fe, y en suma, hija del miedo a la libertad que ya nos diagnosticó Fromm cuando París agonizaba.

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