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Sorprende la determinación con la que Pedro Sánchez ha buscado y conseguido una nueva convocatoria de elecciones. Éstas se perciben por el común de los españoles como verdaderamente inciertas, impredecibles en la medida en la que el comportamiento de los votantes, tanto en la izquierda como en la derecha, va a depender de complejísimos factores.

Si de la izquierda hablamos, las encuestas señalan que la mayoría de sus electores no querían más urnas. Frustrados y enojados por la pantomima de las inútiles negociaciones entre PSOE y Unidas Podemos, nadie sabe bien si eso acabará empujándoles a una abstención de efectos letales. Si añaden que el espantajo del miedo a Vox ha perdido eficacia, que la irrupción de Errejón introduce distorsiones incalculables y que las sentencias del procés y de los ERE obligarán a clarificar posturas, concluirán que el panorama, para ella, dista mucho de ser idílico.

Algo semejante ocurre en la derecha. Más allá de los escándalos habituales del PP, que mágicamente arrecian en las cercanías del día de marras, persiste una fragmentación severamente castigada por nuestra incomprensible ley electoral. Es cierto que en este lado del campo la circunstancia ofrece el incentivo de una revancha que previsiblemente alentará la movilización de sus partidarios. Pero no lo es menos que las veleidades de Ciudadanos pueden propiciar un traspaso de votos en ambas direcciones, que la fuerza real de Vox está aún por certificar y que el futuro del PP depende más que nunca de la destreza con la que sus líderes manejen discursos y estrategias.

En ambos casos, planea sobre sus propuestas una crisis económica cada vez más visible, cuya influencia en la formación de la voluntad popular no hay experto que se atreva a vaticinar.

¿Es posible, entonces, el vuelco? Por supuesto. Las cuentas enseñan que si la participación electoral es la misma que en junio de 2016, muy probablemente el centroderecha podría gobernar sólo con mantener sus actuales resultados.

De ahí el asombro: Sánchez acepta jugarse La Moncloa e Iglesias su propio liderazgo en unos comicios que ni mucho menos han de darse por ganados. El viejo principio de que las elecciones las carga el diablo ha sido despreciado por los dos. Si el órdago acaba en genialidad o en desastre es desenlace que, hoy por hoy, ya no esta en su manos. Será el pueblo, al cabo, el que, con su decisión, premiará o castigará tanta y tan temeraria osadía.

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