Pienso en lo feliz que sería un ciudadano que desea estar bien informado si tuviera a su alcance unos medios informativos que conjugaran perfecta, asidua y cotidianamente la libertad de expresión y la independencia editorial. En el panorama mediático español actual parece un gozo imposible. Lo indicaba hace unos días: con frecuencia ni leemos en algunos periódicos, ni oímos en determinadas emisoras de radio ni vemos en la televisión ciertas contrastadas noticias. Y tal vez si las leemos o las oímos o las vemos nos lleguen incompletas, sesgadas, manipuladas y con añadidos o apostillas malintencionadas. Pero lo peor no es eso, lo más enojoso es que, pese a la cacareada trasparencia y las insistentes comparecencias, son muchos los datos o aspectos de la información que se ocultan, que se silencian con sospechosa insistencia. Y ello tanto para informar como para contestar los interrogantes que el ciudadano se plantea. Es lógica esa desconfianza y esa confusión en las que nos debatimos. A lo que se unen las constantes contradicciones cuando se asegura hoy lo que mañana se niega o al revés.

Y en el curso de estos días de zozobra e incertidumbre que estamos soportando estoicamente, para colmo y exasperación de muchos ciudadanos, no faltan noticias, rumores o filtraciones -que es otro de los sistemas de información que propicia esta situación y un peculiar talante informativo del Gobierno actual- que siembren la inquietud, la zozobra y el desasosiego. Cada día se cuestionan más las libertades públicas y la actitud del Gobierno de mantener congelado el Parlamento para gobernar por decreto suscita y agita la inquietud del ciudadano. Y el Ejecutivo se asusta cuando surgen las manifestaciones públicas -que hacen muy mal no respetar las normas que la sanidad impone- surgidas en la calle Núñez de Balboa de Madrid, que tan entrañable me resulta desde niño, pero que se han multiplicado por toda España. La izquierda se pone de los nervios porque sigue convencida de que la calle es suya, como decía Fraga en tiempos. La calle es de todos y todos tienen derecho a manifestarse. Eso sí guardando las distancias físicas que impone la pandémica situación que tanto nos atribula. Sin embargo no parecen incomodar tanto cuando son los filoetarras los que se concentran para pedir el acercamiento de presos.

Y entre tanto el Gobierno negocia con los que la gobernabilidad de España les importa un comino y que siempre consiguen prebendas a cambio, lo que no hará que varíe, por ejemplo, ese rictus cínico y altanero de los mandatarios nacionalistas, especialmente los vascos, siempre dispuestos a comerse a dentelladas este país. Y quienes proclaman la igualdad no dudan en discriminar a unas comunidades de otras, más allá de unos acuerdos justos y equitativos cuando es el interés político lo que les domina. Incluso para no contestar sus requerimientos. Decía el presidente cántabro Revilla que es como "hablarle a una pared".

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