El guarán amarillo

La caja de Pandora: Gente muy bien vestida, pero de la peor calaña

Desde que los huracanes, las tormentas y las operaciones policiales tienen nombre, nuestra vida es mucho más entretenida y nuestro conocimiento de idiomas y nuestra cultura, sin duda, aumentan por momentos. Ahora, por ejemplo, sabemos que gürtel es "cinturón" o "correa" en alemán, y que kitchen no solo es una "cocina" en inglés, sino un lugar oscuro de España donde la gente espía, coacciona, soborna y corrompe la democracia. En los últimos días, hemos podido comprobar, con nuestros propios ojos, que, cuando la joven y curiosa Pandora -esposa de Epimeteo por obra y gracia de Zeus- abrió su caja, no solo salieron de ella todo tipo de enfermedades, desgracias y vicios, sino una cantidad ingente de codicia, que quedó repartida por el mundo y, principalmente, por los paraísos fiscales.

Aunque ya no queda ni rastro de la pobre Pandora, al cabo de los siglos su caja ha vuelto a abrirse, en este caso por obra y gracia del periodismo de investigación, y han salido de ella miles de papeles que demuestran, en resumen, que, mientras una parte inmensa de la humanidad intenta sobrevivir con su salario de vergüenza, su ajustada nómina o, incluso, su flagrante pobreza, otra parte vive con el único objetivo de ganar mucho dinero: cuanto más, mejor y sin que ninguna cantidad parezca ser, en ningún momento, suficiente. Políticos, empresarios, deportistas de élite y artistas, entre otros, componen esta lista ruin. Todos ellos son ya de por sí muy acaudalados, cuando no abiertamente millonarios, y, no obstante, pertrechados con su cohorte de abogados y de asesores financieros, deben de pasarse el día, entre cubata, bogavante y gin tonic, dándole al coco para ver cómo manejar su dinero de forma que este se multiplique exponencialmente y, sobre todo, ingeniándoselas para ver cómo eluden el pago de impuestos.

Sí, los Pandora Papers nos ponen frente a gente muy bien vestida, pero de la peor calaña, en la que se combinan altas dosis de codicia, egoísmo e hipocresía. Quieren que su dinero crezca como los champiñones en una cueva, quieren que nadie lo sepa y quieren que no tenga menoscabo fiscal alguno. Los hospitales, los colegios, las carreteras, la investigación del cáncer, el cuidado de los mayores, los servicios de bomberos, la dependencia, las ayudas ante las catástrofes (llámense incendio forestal, inundación o volcán) o los parques infantiles… eso, ya, que lo vayan pagando otros. Y lo más gracioso -vamos, que me parto de la risa- es que, además, a muchos de los que se llevan su peculio a Belice, las Bahamas o las Islas Cook, luego los oímos despotricar desde las tribunas, precisamente, contra los paraísos fiscales y las conductas antipatrióticas.

Así las cosas, no sabe una si llamar al cuñado de Pandora para que venga y prenda fuego, o si volver a abrir su caja y rebuscar en ella por si, con mucha suerte, encontramos algo de esperanza.

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