Sin bajas en la batalla

El PP, mal que bien, le ha aguantado la pelea a Cs y la aritmética le ha puesto a tiro los gobiernos de Madrid

Tras la tormenta de este empacho electoral llega la calma de un largo tiempo sin urnas, y se percibe en los interesados una rara sensación de descanso y alivio. Ha vuelto a ganar el PSOE, pero el rojo de los mapas que ilustran los análisis poselectorales de los periódicos es engañoso, y si rascamos un poco en algunas zonas coloradas hasta nos puede salir un tímido azul, como por ejemplo Madrid, donde a los políticos veteranos llamados a gobernar se les ha puesto de repente cara de jubilados forzosos. No había más que ver la pronta comparecencia del presidente Sánchez el domingo para constatar que su victoria, esta vez, no llevaba demasiada gloria.

Los resultados del PP pueden interpretarse como un rotundo fracaso, pero un par de matices han bastado para echarle un poco de sal al guiso insípido de la derrota que, durante un rato, amenazaba con indigestar la carrera política de Casado y compañía. El PP, mal que bien, le ha aguantado la pelea a Ciudadanos y la aritmética le ha puesto a tiro los gobiernos de Madrid (levante la mano quién quiere hoy que gobierne la lista más votada…) como tabla que se lanza al náufrago. Casado ha perdido, pero también ha ganado: gana tranquilidad y, sobre todo, gana tiempo, fundamental para la consolidación de su discutido liderazgo. Hasta nuestro Beltrán ha salido indemne, y más pronto que tarde volveremos a encontrarlo tan sonriente y afable como siempre en cualquier sarao de canapé y servilletita negra.

Podríamos ver un perdedor en Albert Rivera y su frustrada lucha por consagrase como el auténtico álter ego de Sánchez, demasiado expuesta quizá, pero se consolida como tercera fuerza y es pieza fundamental para quitar y poner alcaldes y presidentes. Su partido necesita peso institucional y lo sabe, y además ahora sí tiene tiempo para tomar alguna decisión impopular (por el partido, sobre todo) que seguro le acarreará fuertes críticas desde los sectores más conservadores.

Dicen los entendidos que los grandes derrotados son Podemos y Pablo Iglesias, y parece claro que es así. Aunque más que una derrota, sus modestos resultados demuestran la enorme debilidad de un proyecto basado sobre todo en la reacción visceral de parte del electorado de izquierdas ante una crisis que cada vez se percibe más lejana. Algo parecido a lo que puede pasarle a Vox, cuyo inesperado despegue andaluz no parece mantener el vuelo.

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