El Zurriago

Un anuncio en la pared

Recortaba el papel con cuidado. Lo hacía tranquilo, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y un gesto serio y concentrado

La vi pegada a la pared, en una calle estrecha, oscura y sucia. El celo que la sujetaba empezaba a ennegrecerse y aguantaba pegado a duras penas, pero la tinta seguía impoluta, en un intenso color azul. La letra, alargada, ligeramente inclinada pero de trazo recto, era casi perfecta, de esas que se aprendían en las cartillas de Rubio. La hoja, arrancada con mimo del alambre de un cuaderno de una raya, informaba a quien quisiera leerla que Pedro, con treinta años de experiencia, se ofrecía "para todo tipo de reformas: pinturas, albañilería, fontanería...". Abajo, en trozos previamente cortados, Pedro dejaba un número de teléfono. Apenas quedaban, así que -pensé mientras miraba aquella caligrafía perfecta- quizás al hombre le estaba empezando a ir bien. Lo imaginé por la calle, observando sus propios anuncios, complacido al ver cómo se iban agotando las pequeñas tiras de papel que colgaban de la hoja. Echando la mano al bolsillo por si vibraba el móvil. "Paciencia, Pedro, ya te llamarán. Esas cosas no son de un día para otro". Lo imaginé en casa, con su boli Bic a la derecha, el cuaderno recién comprado a la izquierda y un montoncito de hojas perfectamente arrancadas en el centro, junto a las tijeras y la regla. Todo en su sitio para empezar, esperanzado, la tarea. Lo imaginé escribiendo meticulosamente cada palabra y cada número. Trazando líneas verticales cada dos centímetros exactos. Recortando el papel con cuidado. Lo hacía tranquilo, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y un gesto serio y concentrado. "Hay que dar buena impresión", piensa y asiente, orgulloso pero triste. Lo imaginé, mucho antes de aquello, saltando de subsidio en subsidio, agotando ayudas como el tren de las pelis que se queda sin vía justo cuando llega el precipicio. No lo vio venir. No esperaba llegar a eso. No lo creía posible. Lo imaginé por las calles de la ciudad sujetando las hojas del cuaderno sobre las paredes sucias mientras su mujer colocaba el celo que iba rompiendo con los dientes. Pedro sondea la ciudad por si alguien necesita de su habilidad y experiencia con un anuncio en el que se ha dejado el alma y que el resto, los demás, leemos de soslayo con la tranquilidad que dan los euros en la cartera.

Al fondo, mientras imaginaba todo aquello, paseaba un grupo de hombres. Reían y hablaban a gritos de sus cosas: porcentajes, márgenes, estrategias y votos. Los veía pasar a mi lado cuando uno de ellos se alejó del grupo y se me acercó. Sin mirarme, como si no existiera, pasó la mano sobre mi hombro y arrancó de la pared la hoja de cuaderno. "Espera, espera", decía mientras hacía algún garabato detrás de la preciosa letra de Pedro. Ni siquiera leyó el anuncio. Aquel hombre, pensé, había utilizado la desesperación de Pedro para anotarse vete a saber qué, como tantas veces, y me pregunté cómo se sentiría cuando viera el hueco que había dejado su anuncio, cómo se sentirían tantos miles como él y cómo era posible que aquellos del grupo siguieran riendo y hablando de escaños sin que se les cayera la cara de vergüenza.

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