El Zurriago

Los abuelos que se fueron

Me acordé de ellos y lo hice con esperanza, porque quizás la pandemia haya servido para que los tengamos más en cuenta

Pues que sepáis que mi madre me riñó la semana pasada. En plan que qué voy diciendo por ahí sobre ella, que no tarda tanto en escribir los Whatsapp. Me riñó, os lo juro, con la intensidad con la que riñen las madres a sus hijos, que es inversamente proporcional a como consienten luego a sus nietos cuando se convierten en abuelas. Ay, los abuelos.

Desgraciadamente a mí ya no me quedan, pero tengo una madre (eso ya lo sabéis) que a la vez es la superabuela de tres niñas y cinco niños estupendos que han aprendido, o están aprendiendo, lo mismo que aprendí yo y lo que aprendieron mis hermanas: a los abuelos se les quiere y se les respeta.

No guardo recuerdos vivos de mis abuelos, pero sí muchos momentos concretos y, sobre todo, sensaciones. La del sabor del puchero de mi abuela María, el olor de su patio, su voz susurrante leyendo las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las batallitas que me contaba mi abuelo Manuel, sus tapitas de rábanos con sal (ponle tú rábano a mis hijos ahora, que ya verás), las visitas que mi abuela Mercedes hacía a casa, con sus gafas oscuras y una sonrisa en la boca. Y alguna que otra vez con un regalillo en las manos para mí -un cómic, unos airgamboys…- y me contaba historias (algunas, increíbles) del niño que fue mi padre. Recuerdo a mi madre mandándome acompañarla a coger el taxi, o soltarme un: niño, ayuda a tu abuela, que va cargá, y allí que iba yo, sin un pero, con ella hasta la Barriada de José Antonio. El quinto pino, vaya, aunque siempre me traía cinco duros de vuelta y unas cuantas novelas del oeste que ya se había leído para que se las cambiara por otras nuevas en el kiosko de al lado. Por un duro, nada caro. Y lo dejaba a mi elección. Y me encantaba.

El lunes se celebró el Día Internacional de los Abuelos y me acordé de ellos. No de los míos, sino de los que quedan. De esos abuelos de pelo blanco, los que viven solos y andan con bastón. De esos que han pasado uno de los peores años de sus vidas por el puñetero bicho. Me acordé de ellos y lo hice con esperanza porque, quizás, la pandemia haya servido para que los tengamos un poquito más en cuenta de lo que los hemos tenido tiempo atrás. Para que dejemos de pensar en ellos como un trasto inútil, como unos zapatos viejos que ya no sirven de nada cuando se estropean o se rompen. Para cuando dejen de sernos útiles como canguros. Cuando ya no puedan recoger a los niños del cole o haya que llevarles la comida o comprarles la ropa o sacarlos de paseo no nos parezcan un estorbo. Para que no los olvidemos en casa, aburridos, pudriéndose en un sofá esperando que venga alguien a verlos y les demos, como mínimo, el mismo cariño inquebrantable que nos dieron ellos. Que los cuidemos y les demos millones de besos y abrazos. Porque luego se van y no vuelven nunca.

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