La otra orilla

Javier Rodríguez

Yonquis

Luego pasa lo que pasa", decía mi abuela. Y casi siempre tenía razón. Estamos tan acostumbrados a desligar los actos de sus consecuencias que hemos perdido la capacidad de explicar la verdadera causa de las cosas: las botellas de ginebra y ron que vendo a unos chavales que no llegan ni a los quince y que luego la lían y no me dejan dormir, el porrito que me fumo tan plácidamente mientras, en la barriada que hemos reservado para la compraventa de drogas, se produce un tiroteo, la mierda de indemnización que me queda cuando me despiden gracias a la reforma laboral contra la que hubo una huelga general en la que no participé, el pago sin IVA que pedí al de la mudanza, de los retrasos en la atención en el hospital por los recortes, las bombas que fabricamos en nuestras fábricas de las muertes que provocan en otros lares, las muertes que se provocan en otros lares de las gentes que huyen de allá, las gentes que huyen de allá de las gentes que llegan acá, la falta de recursos para atenderlas a ellas y a las que, sin venir de otros sitios, sufren la pobreza y la exclusión social, de las imágenes de miseria que nos encontramos por la calle, la miseria que nos encontramos por la calle -y la que ni nos atrevemos a imaginar pero se sufre en nuestros pueblos y barrios- de la delincuencia que esta genera, la bolsa de plástico que suelto desapercibidamente por la calle, la toallita que tiro por el inodoro, la colilla que escondo en la arena, la pila que desecho donde me venga en gana... del pescado envenenado que me como o la porquería que aparece en nuestras playas, las preciosas lucecitas navideñas que nos ha puesto el ayuntamiento o el récord de ventas del último viernes negro de "lo loco que se ha vuelto el tiempo" o la emergencia climática, el voto que se da al Partido Nazi del asesinato de millones de personas. Y así con tantas cosas.

O a lo mejor no. A lo mejor sí somos conscientes de esas relaciones pero somos como el yonqui que sabe que lo que se está metiendo para el cuerpo lo está destruyendo, que está destrozando a su entorno y que puede incluso matarlo, pero es incapaz de dejarlo y empieza a montar una realidad paralela de excusas y mentiras para no dejarlo o para hacerlo más adelante, cuando se vea con más fuerza o con más ganas. Lo que ocurre es que puede que ese momento no llegue nunca o lo haga demasiado tarde y "luego pasa lo que pasa", como decía mi abuela.

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