El Zurriago

Vivir en permanente peligro

Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en la cabeza. Le advertía: te va a pasar algo, te va a pasar algo… Corre

Adónde vas tan solo, guapo. Súbete, anda, que te llevamos. Lo repetían, con esas palabras o con otras parecidas, mientras rodaban despacio, a su paso. Reían, así que supuso que bromeaban. Sonrió un poco y siguió caminando, aunque ya estaba con la mosca detrás de la oreja y deseando que decidieran largarse sin más. No fue así, claro. Siguieron acompañándolo un rato más, que le pareció un siglo. Iban asomándose de vez en cuando por la ventanilla y repitiendo la cantinela: "Chiquillo, no vayas solo", "sube al coche, que no te va a pasar nada", "ya nos pagarás el favor"… Eran dos, y él solo uno, así que sospechaba que si la cosa se complicaba, acabaría perdiendo, y mucho. Aceleró el paso en busca de un portal donde meterse, de un vecino con quien cruzarse, de un refugio o una ayuda inesperada que no veía por ningún sitio. Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en la cabeza. Le advertía: "te va a pasar algo, te va a pasar algo… Prepárate para salir corriendo". Lo intentó, incluso, pero las piernas no le respondían como esperaba. Solo podía seguir andando, y aunque ya apenas veía más allá de sus narices, sintió con cierto alivio cómo el coche aceleraba ligeramente, pero fue solo lo justo para detenerse en la esquina que doblaba su acera a solo unos pocos metros. Lo estaban esperando. Cuanto más se acercaba más fuerte le latían las sienes. Buscó salidas, escapatorias. Cruzar la calle era casi una invitación a que le siguieran a pie. Doblar la esquina, más de lo mismo, y si seguía adelante corría el riesgo de que acabaran metiéndole en el coche, y solo Dios sabe qué pasaría entonces. Empezaba a faltarle el aire cuando vio el reflejo azul frente a él. Se giró despacio, pidiendo, con un gesto de la mano, que se detuvieran. Rezando para que no pasaran de largo. Ellas, que también habían visto el coche de policía, se largaron como si nada, con un "ya nos veremos, guapo", el claxony nuevas risas que le erizaron la piel. Luego se sentó en el suelo gris de la acera, se tapó la cara con las manos y rompió a llorar, aliviado pero impotente. Aún temblaba de miedo preguntándose cuándo demonios acabaría aquello. Cuándo podría andar solo por la calle sin miedo a cruzarse otra vez con otra como ellas. Cuándo podría bailar tranquilo en la discoteca sin que nadie se le pegara o pasear en pantalón corto sin tener que agachar la cabeza para recibir, estoico, sus desagradables piropos. Cuándo podría llegar a casa sin tener que avisar a los amigos de que ya estaba a salvo. Que seguía vivo. Cuándo dejarían de llamarlos histéricos o exagerados y se darían cuenta de que aquel despropósito tenía que acabar. De que no pueden seguir negándolo. Llora porque sabe que lo que le ha pasado a él le ocurre a otros todos los días. Porque seguirá pasando mientras una sola persona siga creyendo que estar en permanente peligro solo por ser un hombre es algo normal. Y no lo es, ¿verdad?

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