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Vigésimo sexto día

Hay países con las manos atadas a la espalda, algunos con apenas fuerza para tenerse en pie

No podemos hablar de otra cosa. O más bien, no podemos hablar desde otro lugar: nuestro confinamiento colectivo, casi planetario. Uno intenta pensar en otras cuestiones, por escapar también al monotema, buscar otras noticias, otras preocupaciones. Apenas quedan: el mundo tiene ahora una sola angustia colectiva. Aunque no por eso se han olvidado las angustias particulares, las microhistorias, pero todo es tamizado por el Covid-19. De esa forma van llegando hasta nosotros cuestiones que siempre están ahí, pero a las que la pandemia las subraya con especial crudeza.

Leíamos hoy, por ejemplo, que se han suspendido las Vacaciones Solidarias que cada año permite a miles de niños abandonar los campamentos saharahuis para olvidarse, aunque sea por unos días, de la durísima vida en el desierto argelino. Y uno trata de mirar con algo de perspectiva: es duro que no puedan venir, claro. Pero lo realmente duro es que esos campamentos de refugiados sigan allí, tantos años después, con varias generaciones que han nacido y crecido allí, sin conocer su tierra. Y, lo que es peor: sin que haya en el horizonte ningún atisbo de que vaya a resolverse.

Leíamos un poco antes algo similar: los campamentos de inmigrantes temporeros cronificados en la provincia de Huelva. Y, nuevamente, es grave que ahora no tengan agua ni posibilidades de cumplir las medidas higiénico-sanitarias actuales. Pero lo grave es que sean campamentos permanentes, que haya personas que en años de estancia en Huelva la única "vivienda" que han conocido ha sido una chabola de plástico agrícola.

Ahora el virus empezará a señorear por países del Sur. Ya lo está haciendo. Y nos asombraremos al comprobar lo poco que les va a importar a muchos de esos países el Covid-19: sus guerras, sus ébolas, sus hambrunas, hacen que esta crisis sanitaria no se más que un golpe más, ni de lejos el más fuerte. Hay gentes que conviven con la muerte a diario, no les asusta sentir su aliento tan cerca.

Muchos están diciendo que hay que aprender de lo que está ocurriendo, que tenemos que salir mejores de esta crisis. Ojalá. No será fácil. Porque una de las cosas que nos está enseñando este virus es que no estamos, ni de lejos, en igualdad de condiciones para combatirlo. Que hay países y personas con las manos atadas a la espalda, algunos con apenas fuerza para tenerse en pie. La desigualdad es una de las tareas que habrá que abordar cuando salgamos a flote.

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