Acaba de pasar por Huelva la Plataforma en defensa del tren rural, que como esos trenes convencionales en trance de desaparecer, va haciendo paradas por toda la geografía andaluza. La movilización sirve para visibilizar en cada uno de los lugares reivindicaciones muy similares, pues las carencias en materia ferroviaria en pueblos y pequeñas ciudades son generalizadas: pérdida de servicios como la venta de billetes, horarios inútiles, abandono de infraestructuras… Mientras, el AVE engulle más de la mitad de las inversiones de este medio de transporte. Con lo que cuesta el trazado de alta velocidad Huelva-Sevilla se puede recuperar la línea hasta Ayamonte, impulsar la primera línea de cercanías en el cinturón de la capital, cubrir el trayecto hasta Sevilla con 9 trenes diarios en cada sentido, incrementar los servicios con la Sierra… Todo esto sin entrar en el impacto ambiental que arrastra la alta velocidad o en lo que costarían los billetes.

Una se pregunta qué mente obtusa ha diseñado todo esto, cómo es posible que se destroce de este modo el sentido común. Y sin embargo, parte de la población y de la clase política abanderan la llegada del AVE al último rincón de España; incluida, por supuesto, esta ciudad nuestra, donde las fuerzas vivas lo reclaman como una demanda irrenunciable para el progreso de la provincia. Solo que si el progreso no sirve para que la mayoría de la gente viva mejor, y además atenta contra el planeta, ¿de qué progreso estamos hablando?

Sé que lo que estoy cuestionando va en contra de un mito profundamente arraigado: el mito de la velocidad, de la modernidad, de las infraestructuras como generadoras de desarrollo económico y empleo, de la tecnología salvadora… Un mito que le viene muy bien al sistema capitalista, que necesita seguir produciendo sin parar para mantenerse. Algo que no es posible porque los recursos son finitos. Echar el freno no es una opción, es un imperativo. Lo aseguran economistas muy serios y solventes que formularon ya hace tiempo la teoría del decrecimiento.

Lo que ocurre con el tren, además de muy real, es símbolo de un "crecimiento" que no siempre es sinónimo de progreso. Se puede crecer de otro modo, invirtiendo en rentabilidad social aunque no sea rentable para los mismos bolsillos de siempre. En esa vía muerta en que ha entrado el tren rural estamos todos nosotros, sin saberlo o sabiéndolo, abocados al colapso. Y podemos dar marcha atrás.

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