Relatos de verano

Manuel barea muñoz

Tragar: IV. None

M ha tenido que mudarse a la antigua casa de su madre, y muy a su pesar: los vecinos son una galería de personajes a cual más despreciable. La palma se la lleva la señora que vive debajo de M y que lo invita a una barbacoa en la azotea. M termina acudiendo porque no soporta el olor que baja hasta su casa. Está convencido de que, por culpa de gente así, acabará siendo uno de esos tipos de los que se dice en las noticias que "era un vecino muy normal". Finalmente, M huye de la barbacoa preguntándose si el orden natural de las cosas incluye que existan vidas miserables.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

From: Manuel Barroso Ruiz <mambrub@hotmail.es>To: Bruno Relimpio Tirado <breti@gmail.com>Date: dom., 24 jun. 2018 02:54Subject: None

Estimado doctor Relimpio:

ME tiene intrigado qué puede estar haciendo usted ahora. Por qué no responde a mis correos. Nunca le pregunté por sus aficiones, sus gustos, su rutina, su familia, su pareja, sus amigos… Usted a mí me hizo cientos de preguntas. Sólo puedo recordarlo haciendo preguntas. Ni siquiera soy capaz de visualizarlo tomando notas. Si las tiene, mataría por verlas. No sé por qué. Supongo que por aburrimiento. Me aburro mucho. Me aburro tanto que hasta salgo a pasear a la calle, cuando es algo que odio. Odio las calles y odio a quienes las han convertido en cloacas. Hoy he salido por la mañana a comprar dulces y pan y he visto a un tipejo de Lipasam, uno de esos que conducen una especie de triciclo. Estaba enfrascado con su móvil, hablando consigo mismo, malhumorado. Se había detenido en la acera, junto a un contenedor de reciclaje de vidrio, encima de una estela de cristales rotos. He pasado a su lado de camino a la confitería. Cuando he vuelto el tipejo ya no estaba, pero los cristales seguían ahí.

Más adelante, vi que contra el mismo contenedor descansaba un zurullo cuyo tamaño solo podía corresponderse con el que expulsa un ser humano. Toda la calle se ahoga bajo una capa de vómitos y excrementos y manchas resecas y renegridas de orines de perro y de persona. Los mendigos hacen sus necesidades en plena calle, las mujeres con el culo al aire, los hombres plantados en mitad de la acera con su cacharro en la mano. La acera está llena de comida que rechazan y arrojan al suelo sin miramiento. Bocadillos espachurrados, galletas hechas polvo, charcos de café con leche. No tienen respeto por nada. Deambulan por las calles farfullando o berreando como niños autistas. A veces en compañía. El otro día vi a un viejo discutiendo acaloradamente con un árbol. Cuando pasé de largo solo podía pensar en que no quiero acabar como él.

Ya me he topado con la mayoría dos o tres veces. Se han hecho un nombre en el barrio. La gente los conoce y los saluda. La Rumana, Ginés, el Vara, el Charli, Frasquito, la Calandria… La gente no se para con ellos a decirles que son unos marranos. Sólo hay palabras amables. Preguntas sobre la salud y la comida. En cuanto conoces a alguien, en cuanto lo tratas de manera directa, dejas de lado la honestidad. Ya sólo tienes una opción, y es la charla banal. Porque esa gente se olvida de ellos en cuanto dan la vuelta a la esquina. Son parte de su día a día. Como la panadera y el farmacéutico. Aguantar mecha, creo que se llama. Y no va conmigo. Por eso me toca a mí decirles cuatro cosas, mientras el resto de transeúntes observan con incredulidad, de soslayo. Los mendigos, no. Los mendigos te miran a los ojos. Van con la barbilla apuntando hacia delante, la cabeza bien alta. Apestan y su ropa y su piel están crujientes y su pelo tieso y a pesar de ello no pueden permitirse ni por un segundo esa pose de penuria que adoptan cuando te piden un euro. No. Al andar deben llevar al frente ese escudo invisible que se han forjado a la fuerza, ése que, por mucho que pese, tienen que ir sujetando las veinticuatro horas no sea que algún otro se les encare. Porque, en su mundo, las reacciones no han de ser proporcionales al estímulo. Si alguien se te encara, por muy estúpido que sea el motivo, tú te conviertes en el puto Genghis Khan. Aunque no tengas fuerzas ni para incorporarte. Cualquier acto mínimamente hostil es una declaración de guerra. Incluso, por supuesto, pedirles que dejen de tirar comida al suelo, que la comida es para comerla. Que en el comedor social del final de la calle no les dan la comida para que ésta acabe hecha puré por la acera.

Entonces te miran a los ojos. Aprietan la mandíbula. «¿Qué coño quieres?». Puede que incluso recurran al resto. Otra cosa no, pero eso sí tienen: "Amigos". Deben asociarse, como en la cárcel. Y así, entre todos, formar un ejército. Para arrasar. Para quemar la tierra.

Antes era como una característica más del barrio, ¿sabe? A nadie parecía importarle. Hay comida en la calle, ¿y qué? Luego llega el calor y ese pintoresco detalle pierde la gracia. Nadie recoge los desperdicios y éstos se acumulan, se descomponen y hieden. De pronto, han comenzado a aparecer trozos de queso repartidos por el pavimento. Queso tipo El Cigarral. Suda bajo el sol, a su alrededor crece un cerco aceitoso, más oscuro que el resto de la calzada. Las maris hablan de los pedazos de queso. Lo ven como algo curioso. Hablan de un ratoncito que hay por el barrio. Que roba queso y no se qué tonterías más, je, je. Una gracia. Hasta que uno de sus perros-rata atrapa un trozo y lo engulle y al día siguiente amanece tieso en su camita. Enseguida se corre la voz. El Ratoncito es un psicópata, el queso del suelo (y, por extensión, cualquier otro alimento) está envenenado, etcétera. Como cabe esperar, a los vecinos les ha alarmado mucho más la muerte del perro-rata que la del Charli, que también amaneció tieso en el cajero de La Caixa por haberle echado mano al queso. Me pregunto si ésa era la verdadera intención de El Ratoncito. Puede que estemos ante una especie de asesino en serie, ¿no cree? No estaría mal conocer su opinión, doctor.

Afectuosamente, M.

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