Cuando acaba de recogerse el árbol de Navidad, se inician las rebajas en los comercios que obliga a comparar ofertas hasta la primavera y, con ella, llegan los grandes acontecimientos: Toca degustar hornazos, unirse a los desfiles procesionales y disfrutar romerías, en cada pueblo de la provincia onubense. Durante varios días, se participará con pasión en los actos religiosos y muy especialmente en los profanos. Son cientos de 'rocieros' los que despiden las carretas acompañados de sus hijos que, años después, ocuparán el protagonismo. Durante el verano, onubenses y visitantes, sabrán divertirse en las fiestas Colombinas con sus fuegos artificiales y la ingesta de ponche a la entrada y a la salida del recinto ferial, que puede ser a cualquier hora de la madrugada.

Llega el verano y después, la lucha mano a mano a ver quién se queda. Cada 8 de septiembre, la Plaza de la Merced se engalana y cientos de personas se concentran allí para acompañar a la Virgen de la Cinta en su recorrido procesional ¡Qué largo se hace noviembre después, desde que se acude al cementerio a poner flores a los difuntos, hasta que van llegando los primeros polvorones!

En realidad, el tiempo se mide por las celebraciones. Cada una de ellas con su serie inamovible de rituales, repetidas año tras año con una obediencia fidelísima y aceptando lo que la tradición manda con orgullo y presunción. El respeto a las tradiciones (del latín, traditio o transmisión) se contagia y se transfiere de mayores a jóvenes. Jubilados, adolescentes, conservadores, e incluso hipsters, gamers o heavis, consumen torrijas en Semana Santa y uvas en fin de año y es que, una vez adquiridas, actúan como un potente imán del que no podemos despegarnos, salvo una inaudita excepción.

Si de pronto aparece un virus con la capacidad suficiente de arrasar vidas, ¿cómo dudar de que puede aniquilar tradiciones? El bicho en Huelva se llevó por delante no sólo la Semana Santa o la romería del Rocío, también arruinó las reuniones familiares o de amigos, evidenciando que las tradiciones, esos arraigados hábitos con sus repetidos y respetados protocolos, son demasiado frágiles. Los capillitas se quedaron sin procesiones y los rocieros sin la Señora en el altar de su ermita. Los futboleros llevan casi un año sin ver un partido en el campo. Los miembros de una misma familia meses sin comer juntos… Y no pasa nada, hemos aprendido que nada es inamovible. Si nos quedamos sin tradiciones, ya nos inventaremos otras.

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