La otra orilla

Víctor rodríguez

Silencio

Estamos tan hiperestimulados que cualquier ámbito al que nos acerquemos nos parece rápidamente monótono, conocido, aburrido o sin interés, da igual el campo que toquemos. En la presentación de la nueva temporada de un conocido concurso de talentos televisivos la manera con la que intentaban captar la atención del espectador era anunciando lo nunca visto, los retos más peligrosos y espectaculares, vamos que un muchacho con una guitarra o un grupo de baile urbano resultan insignificantes mediocridades. Antes había dos canales de televisión, ahora las plataformas de transmisión de contenidos, series y películas cubren un escenario ilimitado de posibilidades, se dice que cada persona usuaria de estas plataformas pierde hasta cuatro días de su vida al año en elegir qué ver entre tanta propuesta.

Cuando todo debe ser espectáculo y atractiva entrada se está corriendo hacia el peligroso callejón de lo insustancial, facilón, y, lo más peligroso, el coqueteo con el extremo de la posición. Cualquier programa de noticias de media tarde repite el mismo esquema de los espacios del corazón, que, por cierto, también se ha extrapolado a la parrilla deportiva. Las noticias se suceden con grandes y llamativas frases de exagerada ficción y tertulianos que dicen lo primero que se les pasa por la cabeza (o por la boca), normalmente enfrentados en los extremos de la mesa, vociferando el "y tú más". Ni se te ocurra hablar de tendencias, de problemas complejos con múltiples variables o puntos de vista convergentes, hace falta un titular y hace falta ¡ya!

Me voy a seguir poniendo nostálgico. En esas joyas del archivo de Televisión Española, estuve viendo un debate del mítico programa 'La Clave' donde, allá por los primeros años ochenta, se hablaba de un tema espinoso como el de las drogas. Había invitados de todas las posturas, se respetaban el turno de palabra y se daban argumentos serios y convincentes.

A mi hija pequeña se me ocurrió ponerle una vez un capítulo de la serie 'David el gnomo' y le pareció lentísima y aburridísima. Hemos olvidado la transmisión de conocimiento, de valores y de ideas y lo hemos sustituido por un espectáculo permanente, las veinticuatro horas del día, de lucecitas y sonidos que nos llenan el cerebro como la comida basura el estómago. Buscar el silencio (o más bien la ausencia de ruido) se está convirtiendo en un ejercicio revolucionario de supervivencia.

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