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Cuchillo sin filo

Francisco Correal

fcorreal@diariodesevilla.es

Sidecar

Como buen barbero, Antonio sabía con Chesterton que en la iglesia uno se quita el sombrero, no el cerebro

La palabra me salió del alma. Los dos juntos por la calle parecían un sidecar. Al caballero lo echamos en falta ayer en misa de doce. Sólo estaba su escudero, que era bien bueno, como el del poema de Alberti si Garcilaso viviera. El caballo, la moto en realidad era una silla de ruedas cuyas bridas llevaba José Manuel, el yerno de Antonio Paniagua, que el pasado miércoles, después de tomarse un café con magdalenas, se murió con 94 años. José Manuel firmó su contrato de escudero de Antonio el día que se casó con Antonia, la hija de quien durante muchos años había trabajado como barbero en la calle Feria.

José Manuel no era de misa de doce ni mucho menos. Ni de doce ni de ninguna hora. Era feligrés de una iglesia de corredores que todos los domingos salían a correr por el Alamillo y después se regalaban un desahogo en el bar Aguilar, que hace un año cerró sus puertas en la esquina de la Alameda de Hércules con la calle Relator. Allí se le veía muchas mañanas en el tercer tiempo con Marchena, Franco, Vizcaíno y otros amigos, algunos de ellos con varios maratones en su currículum. José Manuel se estaba preparando para la prueba más importante de su vida. La que le iba a proporcionar la medalla de oro en humanidad. Su suegro, antiguo militante comunista, encontró en la fe un bálsamo. Niño de la Monarquía de Alfonso XIII, adolescente en la guerra civil, joven de posguerra, su vida fue como la de tantos una prueba de supervivencia. Como buen barbero, sabía con Chesterton que cuando uno entra en la iglesia tiene que quitarse el sombrero, pero no el cerebro.

El yerno de Antonio renunció a las carreras dominicales, donde se ganó el sobrenombre de Perdigón, y todos los domingos acompañaba a su suegro a la iglesia de Ómnium Sanctórum, en la misma calle donde estuvo la barbería. Al principio, lo colocaba en las primeras filas, salía a la calle, se tomaba una cervecita, miraba cómo iba el partido de la mañana y volvía poco antes de la comunión para acompañarlo a recibir el alimento espiritual. Desde hace un par de años, el escudero acompañaba a su caballero durante la misa entera. Con la iglesia hemos topado, pensaría este Sancho Panza junto a su Quijote.

Le seguía diciendo "mi niño". Un niño de 94 años que faltó por primera vez a misa de doce. Allí estaba su yerno, de pie, como velando armas por su amo en Puerto Lápice. Nunca comulga, pero es el único que tiene el cielo ganado.

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