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Sevilla sin Corpus

Nos quedaremos sin el olor a romero cuando vamos por Sierpes y ya hay matrimonios sentados en sillas alquiladas

En esta primavera triste que ahora se va casi sin haber venido, pasó la Semana Santa sin bullas ni procesiones, pasó la Feria de los balcones y el Rocío sin más camino que el de la memoria. Esta semana estaba señalada como la del Corpus, la fiesta más antigua de la ciudad que desde hace ya tiempo resiste orgullosa ante la competencia imbatible del puente festivo, el buen tiempo y la segunda residencia. Tan sevillana es, que pudiendo seguir el camino litúrgico del domingo como han hecho en casi todos sitios, sigue manteniendo contra viento y marea la fiesta en jueves, a pesar de que un hipotético traslado atraería seguro a más público y tendría más repercusión.

Posiblemente sea la fiesta de Corpus la más sevillana, en su sentido más oficial, de todas. Importada en la Baja Edad Media desde Bélgica, conoció el esplendor en la edad moderna de la mano de la monarquía y la autoridad eclesiástica con los vientos favorables de la contrarreforma. Precisamente esa unión entre Iglesia, Estado y sociedad civil que todavía mantiene, y con signos bien visibles, ha sido motivo de crítica por los movimientos católicos menos ortodoxos y sin embargo constituye una de sus principales señas de identidad. Como lo era en su tiempo la presencia en el cortejo de cabezudos, danzarines o las famosas tarascas, que describiera minuciosamente nuestro José María Blanco White en una de sus imprescindibles Cartas de España.

Mañana la celebración de la fiesta de Jesús Sacramentado se reducirá a la celebración de la misa solemne y posterior procesión por las últimas naves de la catedral. Nos quedaremos, por tanto, sin el olor a romero cuando avanzamos rápido por Sierpes y ya hay matrimonios tempraneros sentados en sillas alquiladas, sin el barullo de capillitas con el mismo traje oscuro del Domingo de Ramos que apuran el último café delante del bar Gonzalo, sin el viejo colorido de los estandartes perfectamente alineados en los pretiles del Patio de los Naranjos, y hasta sin seises en su octava. Y después, cuando hayamos imaginado el jaleo infantil de los niños carráncanos de la Sacramental que vuelven, recordaremos el farol aquel junto a la custodia, confundiendo el sonido de las campanas de la torre más alta con las notas de Corpus Christi interpretadas por la banda municipal. Y recordaremos, en fin, a la Ciudad, el día en que quizás más empeño pone en seguir siéndolo.

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